Martí y las dos Cubas

Rafael Román Martel

Martí nació con la misión de una misión Cristiana pero estaba lejos de ser el hijo de Dios. Es lugar común idealizarlo pero también lógico. Dedicó una gran parte de su corta vida a unificarnos, a hacernos nación, pueblo, patria y hasta el día de hoy es un fuerte simbolismo de nuestra identidad pero no de nuestra realidad.

¿Quién hubiese imaginado que aquella criatura nacida bajo el imperio español llegase a ser su juez y su sentencia? Ahora que lo honramos en la fecha de su nacimiento debemos, en honor a la honestidad que nos enseñó, reflexionar sobre la actual situación de los cubanos ¿Cuántos siguen su ejemplo aún en este largísimo exilio, donde se unen los cubanos en ocasiones, otras cuando se apartan para triturarse verbalmente, socialmente y con pobre humanidad unos a otros? ¿Quién pudo imaginar que después de una vida dedicada a los cubanos llegara a ser traicionado por un cubano y más de cien años después de su muerte siguen siendo guía los principios que lo llevaron a dedicar su vida ajenos a una gran parte de los sus compatriotas? A otros como Laura Pollán, Wilman Villar, Pedro Luis Boitel, el Dr. Biscet y los que dan el frente todos los días por la libertad de Cuba, derramaría su reconocimiento y admiración, porque son éstos los que han seguido su doctrina de sacrificio y de paz.

¿Qué alabanza para nuestros héroes, sus compañeros presos políticos cubanos no hubiese reservado o, por otra parte como hubiese combatido a los cientos de miles de cubanos que asisten a la dictadura, con millones de dólares anualmente y para los cuales la libertad no es más que una palabra huérfana? ¿Quién hubiese pronosticado que su imagen y vida vendrían a ser banderas de asesinos y escalones de oportunistas? ¿Quién podría imaginar que sus palabras facilitarían el verbo inmundo de políticos para satisfacer sus ambiciones ante un pueblo, tanto en Cuba como en el exilio, cuya mayor parte no se ha tomado el tiempo de apreciar sus insondables virtudes, su ecuménica humanidad?

Si bien no fue un Cristo, justo es señalar que Dios operaba en él. Se desprendió de materialismo, del egoísmo y de la ambición para obtener un fin común para todos los cubanos. Fue consecuente con sus actos y sus convicciones políticas, desnudó su alma en la poesía. Sembró sus rosas para ofrecerlas en blanco y las bautizó Amistad.

De la Amistad hizo un culto y de la libertad una religión. La traición jamás pernoctó en su alma. Fue un hombre bueno a quien le hubiese sido difícil reconocer el comportamiento de su pueblo en este siglo. Si estuviese entre nosotros hubiese alzado su afilado verbo tanto para alzar nuestros logros como para sentenciar nuestras debilidades éticas. Muchas de las preguntas que nos hacemos los que hemos leído su trayectoria y tratado de emular algunas de sus virtudes se las haría José Martí si viera con los ojos arrasados de lágrimas a su pueblo cautivo en Cuba, a su pueblo desparramado por el mundo perdido entre la corrupción materialista, víctima de la confusión creada por la pesadilla comunista y la lucha interna que pone en segundo lugar las cualidades humanas ante el poder, la crueldad entre los cubanos, muchas veces ejercitada con ese tono de cinismo criollo, que tan mal nos caracteriza, que tan lugar común es entre los que han venido asesinando a nuestro pueblo por más de medio siglo. Y es que los hechos de los últimos 53 años han exacerbado en los cubanos características que Martí combatió toda su vida.

También hubiese estado extremadamente orgulloso de nuestros logros en este país, que como lo hizo con él, nos ofreció sus brazos para salvarnos del salvajismo de la dictadura, hace dos siglos impuesta por España, hoy por una familia cuya mayor contribución a Cuba hubiese sido no nacer.

Tenemos que creer. No nos queda otro camino que creer en la mejor parte del cubano. En el pedazo de Martí que muchos llevan dentro. Tenemos que creer que desde algún lugar nos mira y sonríe con la certeza de que ha logrado un impacto. Sonríe por nuestra esperanza y nuestra fe en alcanzar la libertad. Sonríe y su sonrisa 157 después de su natalicio, es breve y profunda, como honda es la pena que con nosotros comparte de ver a nuestra patria secuestrada por gente que lo odia porque las palabras de Martí son la luz y la verdad, entidad en la conciencia de los cubanos.


~ by Rafael Martel on January 28, 2012.

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