El germen de la autodestrucción

En el momento de la catástrofe ecológica de Chernóbil, las autoridades soviéticas trataron inicialmente de esconder la realidad, minimizando la importancia de lo que ocurría en el país. No pudieron, sin embargo, mantener esa postura por más de unos días: los satélites estadounidenses hicieron de conocimiento público, a través de las redes mundiales de televisión, la gravedad de la situación. Humillante fue para la URSS no tener más remedio que reconocer la veracidad de las imágenes diseminadas por la superpotencia rival.

El desarrollo de la tecnología capitalista —elemento determinante de lo que en la jerga marxista suele llamarse “fuerzas productivas”— había de esa forma logrado asestar un rudo golpe a los métodos de desinformación de los regímenes comunistas.

Algo similar ocurre con los métodos de toma del poder utilizados por movimientos políticos con designios dictatoriales. El impacto sicológico de la caída del Muro de Berlín, junto al surgimiento y crecimiento de nuevos medios de comunicación y difusión de información (redes sociales, internet y parábolas de televisión, entre otros), fruto de las “fuerzas productivas” del capitalismo, ha tenido como resultado el auge y fortalecimiento del ideal democrático a través del mundo, lo que ha obligado a esos movimientos a ajustar sus estrategias a las nuevas circunstancias.

En América Latina, la guerra de guerrillas (como la de las FARC en Colombia) ha pasado de moda, al igual que las intentonas de golpe de Estado (como la de Chávez en 1992). Ahora los “revolucionarios” prefieren acudir a elecciones, prometiendo villas y castillas, cacareando a los cuatro vientos su profunda fe democrática y jurando por todos los santos su gran pasión por la libertad.

Ésa es la vía que han seguido los líderes del eje bolivariano (Chávez, Ortega, Correa, Morales y los Kirchner) para alcanzar el poder.

No obstante, una vez ganadas las elecciones, se pone en marcha un siniestro mecanismo tendiente a corroer, cual un cáncer, la libertad de expresión y asociación, la independencia de la justicia, el pluralismo político y la alternancia en el poder. Al igual que en las repúblicas bananeras de antaño, la presidencia vitalicia se convierte en objetivo primordial.

Según proclaman nuestros autócratas bolivarianos, lo que ellos hacen no es destruir la democracia, sino fortalecerla, despojando a la “burguesía” de lo que le queda de poder.

¿Cuál es el destino de ese proceso de demolición de la democracia? Pues bien, el mismo que condujo al colapso del bloque soviético, el mismo que obliga a la economía castrista a vivir con el gotero puesto, alimentándose de las dádivas de sus cómplices (URSS, Chávez), el mismo, también, que destruyó los experimentos socializantes de Perón en Argentina, Allende en Chile, Velasco Alvarado en Perú, los sandinistas en Nicaragua y Omar Torrijos en Panamá, a saber: la demostrada incapacidad de todos los intentos socialistas de desarrollar las “fuerzas productivas”.

Y eso es lo que está ocurriendo ahora en los predios bolivarianos. La economía no funciona, sobrevive simplemente gracias a la renta del petróleo o a la exportación de algunas materias primas o productos agrícolas.

Se desencadena así un círculo vicioso que no puede sino dar al traste con el régimen que lo causa. Al maniatar la iniciativa privada y la clase empresarial (o “burguesía”), se aniquilan los incentivos para producir e innovar. Los bienes de primera necesidad comienzan a escasear, los precios aumentan, poniendo en marcha la inflación. El régimen rehúsa cambiar de política, abrirse al mercado, y prefiere imponer nuevas trabas (control de precios y divisas, expropiaciones). Desaparece el incentivo de invertir y la fuga de capitales se convierte en deporte nacional, lo que a su vez agudiza la escasez. El descontento crece en consecuencia, lo que obliga a acentuar la represión. Hasta llegar, tarde o temprano, a la explosión final.

Lea más en Diario de Cuba.

~ by Rafael Martel on August 31, 2012.

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