La Droga

Rafael Román Martel

El poder es la droga más genética, tiene múltiples efectos. No se tiene que aspirar, ni inyectar: sus efectos se sienten desde los rincones más internos del ser humano. Es la substancia más dañina, es que tiene la peculiaridad de afectar millones de seres humanos antes de que aniquile al que la abusa. Es la única droga que tiene la facultad de decir “te perdono” o “te destruyo” a los que no la usan ni la venden ni nada tienen que ver con ésta.

Es única también en el hecho de quienes la abusan sólo pueden ser salvados con la venganza, la cárcel, la más humillantes de las sumisiones, la tortura o el odio de sus víctimas, que llega a ser el más terrible fiscal. Y todo este resultado es por el resultado de que el poder raras veces se salva de su eterna acompañante: la corrupción.

Es la reina de todas las drogas que la sociedad combate. Es el origen de la infrahumanidad. Es el único camino en el cual la maldad, el ocio, la traición y la ignorancia llegan a obtener licencia para disfrazarse de una luz fatal.

Es el abismo insoslayable cuya compulsión pocos pueden evitar.

Es blanco favorito para los abúlicos y gozo inevitable de los que llevan veneno en el corazón.

Como todos los seres humanos, la usamos en algún grado, en algún lapso de la vida, mientras la publicidad se ocupa en combatir la cocaína, la heroína y los demás estufacientes para justificarse la adicción madre: el poder.

El poder acusa y sentencia. No necesita de títulos porque se los otorga así mismo. No necesita de educación académica, aunque en algunos casos la tenga como fachada.

Todos estamos a merced de éste. Todos. Desde el mayoral de una finca hasta el presidente más poderoso del mundo. Desde el alcalde de un pueblo hasta su perro, quien inyectándose del poder del amo, ladra y hasta muerde a todo el que éste intuya que alguien le haga sombra a las migajas que le tira su dueño.

Los perros del poder son peores que sus amos.

Desde el gordo que quiere siempre comer a costa de alguien hasta el pájaro tieso que maneja los negocios del poderoso. Desde el que aguanta los cuernos por miedo a perder-no a la mujer-sino los favores del poder, hasta la mujer que vende su cuerpo por compartir la cama en la que retuerce sus fantasías el que maneja los tentáculos de las vidas que dependen del poder que ostenta, ya sea un dictador o el jefe de sus esclavos o el corrupto que se ampara tras su amo para ejercer su envidia y su desprecio hacia otros.

Y del poder pare la inicua voluntad de abusar de los demás.

Jamás he conocido a nadie que haya tenido en sus manos algún tipo de poder que no haya dicho una mentira. La mentira es elemento esencial de la droga. Con la mentira se arrasan amistades, familias, pueblos, países, y al final los propios poderosos se convencen de que la mentira es su única verdad. Este es un error abismal pero absolutamente inevitable. El poder tiene la propiedad de cegar a sus elegidos, de ver por los ojos de sus adulones, a poner su suero en esa falsa sensación de superioridad.

Decía Churchill que es más productivo dar cuando uno tiene poder que quitar. También es casi imposible. Porque el ser humano que lo obtiene no depende de sus instintos y sus deseos, sino también de las envidias y los demonios, no sólo de ellos sino de los que lo rodean, y en escasas ocasiones controlan sus impulsos, dependiendo de la naturaleza del adicto.

Esto es un hecho histórico. Manuel de Godoy, por ejemplo, hizo de Carlos IV su marioneta. Maurice Talleyrand manipuló las bolsas de Napoleón, sin ni siquiera intentar moldear su carácter, tal era su tacto y su sofisticación. Robó a manos llenas y sobrevivió la revolución francesa, pasó de obispo a revolucionario radical, más tarde traicionó a Barrás en el Directorio, y al propio Napoleón y regresó a ser un aristócrata bajo Luis XVIII, Carlos X y Luis Felipe hasta que lo echaron de Francia para morir en Valencay sin antes escribir en sus memorias que “jamás he traicionado a ningún gobierno que no se haya traicionado así mismo”. El Príncipe de la Traición justificó la retribución a un gobierno corrupto basándose en la forma que se conduce tal gobierno. Talleyrand-Perigord fue un adicto excepcional. Muy lejos de los gansters baratos que se acercan a los gobernantes de nuestro tiempo y espacio.

El Duque de Lerma hizo del monarca Felipe III un guiñapo. El Duque fue siempre un adicto y el rey un pusilamine. Escribo de reyes con sangre de emperadores. Imagínese usted cuando contemplamos caciques locales controlados y chuleados por sus validos, sin educación ni una gota de principios ni mucho menos escrúpulos.

En el ámbito de la política sobran los ejemplos. Hombres que ansían el poder han sido manejados por monigotes que los han llevado a la ruina, a la cárcel o a la miseria moral, que es, en muchos casos, más severa que la material. Esta es una verdadera desgracia para los poderosos o potencialmente poderosos, que suelen ser más educados e inteligentes que sus manipuladores, pero carecen del carácter o la maldad necesaria para independizarse de los que, aún llevándolos al abismo, le administran la dosis necesaria de la droga hasta que ésta los inmortalice a costa de traicionar a todos los que ellos alguna vez llegaron incluso a estimar y que de pronto estorban sus intereses, sin importar que hayan sido éstos piezas claves en llevarlos al poder, mientras que los que ahora los manejan estuvieron escondidos cuando otros libraban las batallas cual fin fue llevarlos a la cima del poder: donde los más vivos ya traen la jeringuilla preferida del protagonista y sus fieles soldados esperan en vano una recompensa que ha sido robada por gentuza afianzada a la maldad. El fin es casi siempre el mismo: tanto uno como el otro son destruídos ignominiosamente. La única diferencia es que unos son traidores y los otros víctimas.

Los falsos súbditos del poderoso bucólico suelen ser el blanco de las furias de los pueblos. En muchas ocasiones carecen de educación académica y en todas de escrúpulos y respeto: señal irrevocable de intoxicación. Desprecian a sus regordetas y falsas mujeres con sus regordetes y falsos pelos pintados por las amantes de turno, cuya alucinación está fijada en otros menesteres: sus chulos, los hombres que realmente las hacen vibrar mientras se mofan de los viejos oportunistas y de sus próstatas maltrechas.

Compran a chantajistas que agitan a las masas con mentiras; justamente mercenarios, adictos al alcohol y a la droga, salteadores de caminos, delincuentes, jugadores empedernidos, maricones de la más baja calaña. Esté es su ambiente. Ellos han extorsionado, manipulado y hasta han sido salvados de sus trampas por hombres a los que jamás les han agradecido su vital asistencia, hombres que no olvidan. Esta es la naturaleza del traidor. Junto a sus panfleteros a precio están donde en la cima de su éxito: administrando corrupción a base del billete del amo. Tienen. Semejante a prostitutas, un precio a sus servicios.

Se han divorciado de la realidad pues el dinero con que adquieren su poder es una renta muy cara, que se encargarán de cobrar sus enemigos. Pero la droga es tan fuerte que no les permite poner pie en tierra ni un momento.
Tienen al poderoso, ya sea un rey o un alcalde, en sus manos, conllevan la arrogancia más peligrosa: la vacía. Se han prevenido de bloquear a todo el que le de a su amo un buen consejo y así los llevan a la ruina moral y en ocasiones a la ruina total.

Tienen en la mano a los periodistas, mercenarios a sueldo. Tienen el poder y ahora están arrebatados. La adicción los llevará a un desenlace trágico porque la mayoría de los traidores no son Maurice Tayllerand. No son príncipes educados desde la niñez. Son seres que se han Ganado el desprecio de la mayor parte del pueblo, a nombre de la droga. Son seres que se han enganchado de un tren incontrolable cuyo balance se debe a los que los rodean, sobre todo al poderoso-al que celan como si fuera una Virgen Vestal-y que tampoco tiene muchos reparos en hacerlos desaparecer, a no ser por una extraña dependencia emocional, que es en la mayoría de los casos poco probable, pero regionalmente posible. En estos casos el perro del poderoso camina con aires aulicos, despachando a su antojo, decretan y sentencian, todo bajo la dependencia o la falta de voluntad de su señor, que si siempre soño con la droga, ahora es un adicto irrecuperable.

Bajo las sombras de salones y oficinas inmundas entelarañan sus componendas y engañan, humillan y desprecian a los que una vez llamaron amigos o aliados. Se visten del color más escandaloso de la droga y disfrutan en la mentira y en la maldad. La corrupción, que siempre ha obrado en ellos ha llegado ser una adicción irremediable. Jamás fueron conocidos de esa forma. Esperaron con un cuidadosa careta el momento de encontrar su víctima para victimizar a los demás.

El poder concedido les ha adjudicado la facultad de quitarse la máscara. Su audacia nos los ha llevado a la gloria, sino al desdeño de las masas. Y de la justicia.

Se preparan a lanzar sus abogados como perros de caza a cambio de la destitución de jueces que no amparan su putrefacta corrupción, también tratan de influencia a hombres honestos que no obedecen a sus podridas ambiciones, la mayoría de los cuales los compran con las prebendas de sus amos. Se entrenan para las batallas ganadas, según se inundan en el pantano inmarcesible de la droga. “Ahora somos nosotros lo que corremos esto” ó “Olvídate que nosotros hacemos y deshacemos. Nosotros ganamos” es el slogan que le repite el súbdito a su superior, ambos bajo el efecto del poder.

En cubano sería: “Tú eres el hombre”, como le repetían sus secuaces al dictador Machado por los años 30 en “La Cuba de Ayer”.

El enemigo no es un ser creado. Es un estado natural del ser humano. Hay gente que usted las ve por primera vez y si usted tiene algún sentido de la percepción, sabe que esa persona es un enemigo en potencia, que casi siempre se torna en un enemigo real, porque es némesis natural. En general esta percepción es absolutamente verdadera.

El peor enemigo es el que te brinda amistad. El que comparte tu mesa. El que celebra a tus hijos. Siempre envidiando. Siempre con la traición latente en sus venas enfermas porque sus fines no tienen nada que ver con la amistad ni mucho menos la sinceridad. Todo tiene relación a la adicción a la droga: el poder para aplastar, para humillar, para hacer sentir a los demás como a una porquería. Esta enfermedad sólo se cura cuando el poder se evapora y para estonces es muy tarde.

Es por eso que las guerras civiles son las más crueles. Cuando más conoces a tu rival más lo odias, sobre todo si está la traición de por medio. Porque cuando un ser humano ofrece su amistad y se ve traicionado la guerra se torna en una plaga: no existe piedad para los traidores. Y como dijo Sartre “siempre se puede elegir en ser un traidor”. El poder, preñado de traición, pare los peores enemigos.

Los que un día fueron tus aliados y ahora rebosados en la salsa de poder te mienten, se burlan y creen engañar a los que incluso los apoyaron a llegar a ser adictos-léase poderosos-éstos pactarán con el diablo para ver tu caída. Este es uno de los más peligrosos componentes de la droga: este es el envenenamiento del poder: la intoxicación sin antibiótico ni salvaciónn posible.

Cuando la adicción va en crescendo y el efecto es tan sabroso que los traidores hacen gorgoritos, los amigos y enemigos se convierten enemigos, muchos cubiertos por las sombras que el adicto le ha mostrado en su fase de traidor.

Por otra parte han existido adictos que han disfrutado del poder hasta saciarse con 25 millones de víctimas. Joseph Stalin disfrutó como pocos la adicción hasta que sus amigos lo envenenaron en 1953. Este es un caso excepcional como el de Fidel y Raúl Castro pero la mayoría de los adictos son incapaces de extinguir el odio que la intoxicación ha regado hasta que los consume.

Existen casos como el de George Washington, quien rechazó una dosis mayor, advirtiendo el peligro de su abuso. Sin embargo, la más sabía advertencia sobre la droga nos viene de Abraham Lincoln, una advertencia que siempre me repetía un viejo amigo, Mario Fernández: “Casi todos los hombres pueden enfrentar la adversidad; pero si quieres poner a prueba el carácter de un hombre, dale poder.”

He tenido “amigos” que han sucumbido ante la droga más potente del mundo. No les deseo el mal. El mal que viene hacia ellos se lo han buscado con bajísimas acciones, con arrogancia, con vacía inteligencia, con caretas de comparsa, escondiendo escándalos degenerativos de sus hijos, burlándose de personas mayores, ultrajando de la manera más baja a amigos y enemigos, aliándose a gente inescrupulosa afines a su carácter.

El fin de todos los adictos al poder es el desprecio y la venganza de sus víctimas y sus generaciones.

A los que se ajustan a esta droga no les deseo mal, repito, pero no esperen ningún gesto de nadie que recompense su traición. Todo lo contrario: no existe desdén ni castigo excesivo para con ellos.

Siempre recordándoles amablemente y con elegancia que cárcel, ignominia y, en un ambiente caldeado y revolucionario, opciones sobran para los Traidores.

~ by Rafael Martel on June 15, 2013.

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