La saga de Nicolás Maduro

Rafael Román Martel

Para Nicolás Maduro las opciones se están cerrando. Continúa repartiendo plata con el fin de mantener a los pobres menos empobrecidos, pero no los convence, no persuade, no engaña. Y es que Maduro no mola. Es un títere de la dictadura cubana que lo ha convertido de pistolero de Chávez a genocida: un paso lógico para un líder comunista, y desde luego, millonario.

Las protestas no cesan. Los maduristas hacen olímpicos esfuerzos para tratar del salir de la tormenta sin resultados. Y es que la tormenta se llama Libertad. Está claro que la mayoría del pueblo venezolano no quiere un comunismo radical. Esto ha estado claro siempre pero los comunistas se han impuesto a base de trampas electorales, y el gatillo de sus agentes, quienes a nombre del robo y el saqueo han eliminado a miles de rivales políticos los últimos 15 años.

Existe una gran parte de las fuerzas armadas que sabe muy bien que el país va hacia el abismo. Lo que ningún demócrata quiere se acerca: una posible guerra civil o un golpe de estado. No podrá este pueblo valeroso sacarse de arriba a los comunistas ni a los miles de agentes cubanos sin un esfuerzo titánico. Es responsabilidad de ese gran pueblo resolver su futuro, porque fue éste el que eligió a Hugo Chávez para escapar de la avaricia de los partidos políticos corruptos que gobernaban el país en las décadas de los 80 y 90. La solución ha sido el desastre más catastrófico en la historia de Venezuela.

De toda tragedia surgen grandes oradores, líderes, mártires, hombres y mujeres que lo sacrifican todo por el bien común. Así ha surgido en Venezuela un movimiento estudiantil, con tradición revolucionaria, que demuestra hoy su casta democrática. Así han nacido nuevos partidos como Voluntad Popular, cuyo líder, Leopoldo López, ha puesto su vida en manos de los opresores y los mercenarios cubanos como ejemplo de patriotismo y entrega.

En el proceso de liberación se van fundiendo las voces de la nueva Venezuela y la vieja Venezuela al unísono, porque rechazan ser esclavos de una ideología feroz, que emana de una secta satánica.

En las acciones de la juventud estudiantil y los jóvenes militares se agita la llama de un país que se niega a claudicar sus derechos.

La época de la ingenuidad es el pasado en Venezuela. Ni los mismos chavistas creen en Maduro. Saben de los excesos de su esposa, las exquisiteces de sus ministros, la cuentas millonarias de sus aliados.

Han visto las fotos de sus hijos e hijas en Paris y otras capitales europeas, comprando Iphones de oro y diamantes, bebiendo Dom Perignon White Gold Jeroboam a $40 mil dolares la botella, gozando de los más extravagantes lujos mientras sus padres le aplican una tarjeta de racionamiento-léase miseria-al pueblo, que tiene que hacer largas colas para lograr obtener los más básicos alimentos, los artículos de la más elemental necesidad, las medicinas y hasta el agua, que escasea en muchos municipios del país.

Estos son los defensores de los pobres.

Pero la mayor preocupación para los venezolanos, disfrazada por los comunistas de artículos materiales, es la opresión de una dictadura que les ha ido asfixiando la libertad desde que Chávez los engaño en 1998 hasta que Maduro, siguiendo órdenes de La Habana, radicalizó la “revolución”. Y es que los comunistas se han apropiado del derecho al verdadero sentido de “revolución”. La verdadera revolución es la que está en las calles de todo el país: un esfuerzo por la voluntad general para cambiar el sistema. La verdadera revolución ocurrió en 1989, cuando cayó el muro de Berlín y subsecuentemente el comunismo como ideología.

La verdadera revolución no las personifican millonarios a costa del dinero del pueblo, ni demagogos, ni criminales comunes vestidos de ministros ni de terroristas ni de narcotraficantes con galones de generales. La verdadera revolución nace del clamor de los pueblos que se consumen en un ideal.

En Venezuela la revolución está en la calle y la calle ya no es de Maduro. El dictador tiene que reprimir salvajemente a los jóvenes estudiantes y los que se lanzan a protestar para “controlar” un barrio, una calle, metiendo en mazmorras a miles de ciudadanos, cuyo delito es alzar su voz contra el atropello.

Lejos de lo que tanto proclaman, los líderes comunistas venezolanos no son parte del pueblo. Son parte de una élite que, a manera de sus amigos cubanos, vive chupándole dólares al petróleo a costa del sufrimiento de los venezolanos. No amedrentan, asesinan, encarcelan y vejan al pueblo a nombre de ninguna ideología, sino a nombre de su propia avaricia, de sus propios intereses.

Venezuela ha despertado. Ojalá que sea a tiempo: la corrupción es siempre agresiva porque protege acciones e ideas oscuras y perversas.

Un gran precio está pagando y tendrá que pagar el pueblo para instaurar un sistema democrático. La historia nos ha mostrado con generosidad que vale la pena el sacrificio a las cadenas perpetúas de una ignominiosa dictadura.

Luisa Ortega Díaz, esbirro del la dictadura venezolana, en una reciente entrevista donde demostró, una vez más su amplia capacidad de cinismo y maldad.


Respuesta de una madre venezolana a las mentiras que la esbirro Luisa Ortega, Fiscal General de la República comunista bolivariana a nombre de la injusticia, la violación de los derechos humanos, la tortura, el asesinato y la crueldad.



~ by Rafael Martel on May 2, 2014.

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