En este Día de Las Madres 2014, a mi madre: a manera de homenaje

Rafael Román Martel

“Ando sobre rastrojos de difuntos y sin calor de nadie y sin consuelo. Voy de mi corazón a mis asuntos”

Miguel Hernández


Hace apenas tres meses que perdí a mi madre. Este es el primer Día de Las Madres que no estoy con ella. Su ausencia ha dejado un vacío insondable, una desgarrante tristeza.

Fue la persona que incondicionalmente me amó en la vida.

Fue el ser humano que más ha moldeado mi personalidad, fue el freno a mi tempestuoso carácter.

Me cuidó cuando he estado enfermo con irremplazable ternura. Me enseñó a apreciar a los demás, a respetar, a ser un hombre que se puede mirar en el espejo sin cargos de conciencia.

Su historia es similar a la de millones de madres cubanas que lo han puesto todo o dejado todo atrás para salvar a su hijo del mal del comunismo.

Mamá era simple como una mañana estival. No necesitaba de ningún arreglo, maquillaje ni cremas para lucir su belleza, sobre todo su belleza interior.

Su corazón era la compasión.

Por sus venas corría el amor.

Hasta los últimos días de su vida reflejaba en sus ojos el Cristo a quien tanto adoró.

Francisca Rodríguez Hernández nació en la ciudad de Cárdenas el 19 de marzo de 1927, en la provincia de Matanzas, Cuba.

Era una de nueve hermanos y hermanas creciendo en una casa pobre y llena de amor, donde no había nada caro pero de nada esencial se carecía.

Mi madre, mis tíos y tías se criaron con mi abuela Julia en un lazo de amor familiar donde la risa y la hermandad opacaban cualquier necesidad que no cubría el austero presupuesto.

En tiempos difíciles sus hermanos y hermanas y su madre se supieron arropar de virtudes, de buenos modales, de una gran capacidad para compadecerse del dolor ajeno y unirse como un puño en el propio.

Mi abuelo materno, Gonzalo, abandonó a mi abuela quien tuvo la responsabilidad de criar a sus hijos. Trabajaban lavando y planchando ropa, cociendo, de albañiles, en cualquier ocupación que fuese honesta y la honestidad llegó a ser escudo de identificación para la familia Rodríguez. Siempre.

Cuando hablaba de su niñez y su juventud le brillaban aún más los ojos y su rostro se iluminaba como un amanecer cálido. Y mucho me contó de aquellos años, de su familia, de lo gallardos, caballerosos y correctos que eran sus hermanos y del cariño que compartió con sus hermanas.

Todas eran hermosas mujeres cubanas, todas tenían un carácter diferente pero todas coincidían en las enseñanzas que les inculcó abuela, a quienes llamábamos “Abuelita Mamá” porque era el centro de todas las reuniones familiares, de su corazón emanaba el amor y las virtudes que dedicó años a cultivar en sus hijos y sus nietos.

La casa de Abuela Mamá era el centro de reunión de la familia, aún en los primeros tiempos de la catástrofe nos reuníamos alrededor de abuela. Fueron aquellos tiempos inolvidables. Poco a poco la infección castrista fue separando a nuestra familia.

Abuela murió, fueron muriendo sus hijos.

Mi madre y mi tía la visitaron dos veces en 1978 y 1979.

Alguno de mis primos terminó en la guerra de Angola, otros presos, otros locos. La mayor parte ha edificado vidas productivas pero las huellas de la tragedia cubana viajará con nosotros para siempre.

Mis primos Noel y Robertico se encuentran uno en Chicago y el otro en España. Otros dos primos, Rafael y Rubencito se establecieron en Rusia.

Rubencito, hijo de nuestra amada prima Elina, una bellísima muchacha que murió en plena juventud y cuyo fallecimiento causó un hondo pesar en la familia. Su corazón era limpio y bondadoso, digno del apellido de aquellos magníficos Rodríguez de Cárdenas. Desafortunadamente había rendido su corazón ante los avances de un odiado y represivo esbirro castrista.

Elina era una de las primas que mi madrina Maritza amó con extraordinaria ternura.

Mi prima Nancy, a la que mi madre amaba como a una hija, se casó con mala suerte de naipes, se mudó para unos de los pueblos del interior, no muy lejos de Cárdenas y allí crió a sus hijos y allí se casó otra vez, espero que con mejor suerte y allí está todavía.

Recuerdo que, creciendo yo en Cuba, Nancy, una muchacha sencilla, muy sensible, inquisitiva y trabajadora que había tenido la desdicha de perder a su madre en plena adolescencia, exhibía una una gran curiosidad por las grandes ciudades del mundo, sobre todo se preguntaba y le preguntaba a sus primos como sería Nueva York. Nosotros no teníamos la menor idea. Incluso preguntaba como era La Habana porque ella, por esos años, no había tenido la oportunidad aún de visitar la capital.

Cuánto me hubiese gustado mostrarle a Nancy Madrid o Nueva York, ciudades en las que he pasado la mayor parte y una de las etapas más memorables de mi vida.

Ella y Pitití, su hermano, habían quedado huérfanos cuando mi tía Fefa repentinamente falleció, aún joven.

Mami la recordó siempre, hasta en su más avanzada vejez con mucho apego. Le tenía un amor maternal y misericordioso y real como sólo lo sienten personas iluminadas como lo fue mi madre.

De todos estos primos que llegué a querer y a admirar de niño con el único que pude compartir dos semanas, 25 años después de despedirme de él en Cuba fue Robertico, el hijo de mi imborrable tía Irma, una de las hermanas Rodríguez a la que llegué a querer muchísimo.

Era enfermera en el hospital de Cárdenas y se había ganado el afecto de todo el que la conoció. Como todos los hermanos Rodríguez era un ser humano ejemplar, ayudaba a todo el que podía hacerlo. Era de un carácter afín a mi tía Nora: fuerte pero de un alma invariablemente generosa.

Cuando Robertico arribó a Miami en 1995 proveniente de la base de Guantánamo, donde fue a parar después de intentar salir de Cuba en una balsa, le di en el aeropuerto de Miami un gran abrazo. Sollozaba en los brazos de mi primo y él no parecía entender que cuando me reencontré con él abrazaba a toda aquella inmensa familia de la que el comunismo me había bruscamente apartado.

Los años y la distancia nos habían separado pero el amor que sembró mi abuela, mi madre y mis tías en nosotros se mantenía intacto.

La dispersión de la familia, ya hubiese sido por escasas razones ideológicas ó geográficas ó por directa y draconiana intervención, en esta última se cifraba la táctica comunistade mantener a sus víctimas preocupadas por si tienen algo que comer en el día y en que los ciudadanos se concentraran en las disparatadas colas por obtener un pollo-como hoy sucede en Venezuela- o por comer un “slide” de mal cocinada pizza.

En una ocasión hice una cola con mi padre, mientras mi madre se encontraba en los trabajos esclavos fidelistas, de más de cuatro horas bajo un sol y un calor lacerante en un lugar llamado “La Dominica”, un antiguo hotel localizado en la Calle Real, frente a una famosa boya que se había desprendido de la costa y arribado frente a una vieja iglesia española. Cuando nos tocó el “turno” de entrar, después de muchas peleas y alborotos entre “los colados”, en su mayoría negros, mulatos y blancos cubanos de la peor calaña y otros comunistas de mucha más venenosa sangre, logramos entrar. Compartimos nuestra mesa con una joven militante de la secta. Mi padre comentó, en una de sus manifestaciones de rebeldía pacífica que los norteamericanos habían llegado a la luna un año antes y nosotros, los cubanos no teníamos ni qué comer. Era el verano de 1970. Aquella mujer, echando espuma por la boca soltó la envidia marxista que emponzoña lo que le queda de alma a los putrefactos comunistas nacidos en Cuba. Como movida por el demonio mismo se volteó hacia mi padre y le gritó: “¡Qué tiene que ver que los yankis hayan llegado a la luna si en Viet-Nam les están cayendo a patadas por el culo! ¡Qué viva Fidel! ¡Patria o muerte venceremos!”

Mi padre y yo, después de aquella cola parecida a la de un campo de concentración Nazi en 1942, callamos y comimos lo único que quedaba. Ya no había pizza. La empleada nos dijo en forma imperativa y despreciable: “Ya no hay pizza lo único que queda es Spaghetti “AL BURRO”. Esto es sin queso ni salsa. Spaghetti con una gota de mantequilla.

En la Cuba de 1970 reinaba el hambre, la persecusión política, la miseria humana.

En 1970 dejé en Cuba 28 primos por parte de madre. No tengo idea donde la mayoría de ellos se encuentran hoy. Algunos en Cuba, otros dispersados por el mundo. Esta es la historia de los cubanos desde que los bandidos usurparon el poder e instalaron el estalinismo a lo largo y ancho de la isla.

Mi prima Vicky Prendes era la atleta de la familia. Era una excelente nadadora que compitió a nivel nacional. Hoy está en Los Estados Unidos, se casó con un buen hombre y dio a luz un hijo que hoy es un campeón olímpico de remo: Robin Prendes, quien se graduó de la universidad de Princeton hace sólo un año.

Cuando mamá enfermó gravemente y fue operada en Miami en el año 2000 mi prima Vicky se portó com una hija con ella, la cuidaba noches enteras. Estuvo a su lado todo el período en que mamá estuvo al borde de la muerte. lo mismo que mi madrina Maritza, con la que compartí angustiosas noches en un hospital miamense, después que mami fue intervenida en una operación donde por poco pierde la vida.

Una de mis primas por parte de papá cuyo final me sacudió el alma y el mismo día que falleció me hizo escribir el poema favorito de mi gran maestra, La Dra. Onilda Jiménez, fue Tania, la hija de Rafael y Berta.

Otros de mis primos estudiaron, todos tienen sus familias en Cuba o regadas por el mundo. Las hijas de tío Guito, Conchita y Marta, estudiaron y viven en Cuba. De los demás no he tenido información por muchos años.

En fin, el comunismo concretó su misión en Cuba: separar a las familias, asesinar, abusar, destrozar todo lo positivo que puede tener el ser humano para exaltar el odio, el crimen y el llanto.

Estoy seguro que aquellos días familiares, hoy muy lejanos y muy cerca de mi corazón, y el amor de abuela los marcó para siempre a todos de una u otra manera, donde quiera que se encuentren. Porque alrededor de Abuela Mamá gravitábamos todos sus hijos y nietos. Y es que abuela era La Luz y como me dijo ciertamente un buen y sabio amigo, Kasim Abdul, en las escuelas de Elizabeth, New Jersey, : “Todo el tiene ojos para ver La luz gravita alrededor de ésta, esa es la repuesta a que los niños y los jóvenes quieran a algunos maestros y se aparten de otros. Es por esto que los seres humanos que tenemos el corazón y las manos limpias nos rodeamos de algunas personas y rechazamos instantáneamente a otros”.

Los hermanos de mamá hermanos se hicieron hombres de bien, trabajadores, fuertes de carácter y defendían el honor de sus hermanas como tigres. Eran hombres que reconocían La luz y rechazaban la oscuridad de alma. Algunos llegaron a ser quijotescos.

Mi tío Güito, aún muy joven y soltero, caminaba hacia su casa una noche de verano. Venía de uno de los bailes que ofrecía El Liceo de Cárdenas, cuando escuchó una conmoción. Era una mujer que gritaba: “¡Auxilio, policía, me mata, me está matando!” Güito en medio de la madrugada se percató de que nadie acudía en su ayuda. En su mente saltaron las palabras de su madre: “Lo más bajo que puede hacer un hombre es pegarle a una mujer”. Sin pensarlo dos veces mi tío corrió a la casa de donde provenían los gritos y abrió bruscamente la puerta. Efectivamente, un hombre le pegaba a una mujer salvajemente. Güito lo agarró y le pegó un par de trompadas diciéndole: “A las mujeres no se les pega”. Para su asombro la mujer, viendo a su verdugo con la nariz rota y un ojo medio cerrado se le tiró encima a mi tío gritando a toda voz “¡Este es mi macho! ¿Qué estás haciendo animal?” y continuó-“¡Policía, Auxilio, están matando a mi marido!”, mientras le rasgaba las uñas a mi tío en el rostro y lo golpeaba. Güito, fuerte como un roble, la tiró a un lado y salió despavorido de aquella casa. Cuando se presentó ante sus hermanos y hermanas con sangre en la cara de los arañazos de la “víctima” todos se alarmaron. Después de explicar lo que había ocurrido todos se echaron a reír. Esa historia le costó al buen Güito ser el centro de una jaranería de parte de su familia que jamás se la pudo quitar de encima.

Mamá me contó este relato muchas veces a pedido mío.

Era esta unas de mis historias favoritas.

Otra de mis preferidas era de la de los zancos.

Aparte de tener una presencia imponente por la fuerza de su personalidad tío Güito era un hombre bueno, extremadamente valiente y gentil, entregado a su familia y mi madre quiso muchísimo a su hermano, quien fue especialmente sensible si sospechaba que alguien le faltara al respeto a alguna de sus hermanas.

Gracias a estos cuentos que me repetía mi madre llegué a entender, a querer y a respetar mucho más a mi tío según pasaron los años. A todos mis tíos mi madre los quiso por igual. Quizá más me contó de Güito porque fue el de temperamento más serio y comportamiento más audaz.

Güito tenía una complexión mediana, se veía delgado pero-como se dice en el boxeo-en peso de pelea, semejante a un boxeador. Durante los seis años que cubrí el boxeo para La Voz de Elizabeth en los años 90 y 2000 y tuve el privilegio de asistir a muchas peleas de campeonato escuché una y otra vez de parte de periodistas, entrenadores y los propios boxeadores: “Una cosa es estar en excepcional forma y otra en peso de pelea”.

Años más tarde aprendí que es necesario “estar en peso de pelea” hasta para escribir. Sobre todo para escribir, donde lo que se escribe es un blanco de todos los envidiosos, los incapaces y los que no llegan a comprenderte, para que te tiren desde piedras directas hasta los más venenosos comentarios, los más bajos panfletos callejeros.

Cuando Mario Vargas Llosa comenzó a escribir, el poeta comunista, siempre acomodado y sumiso y talentoso, Pablo Neruda, le dijo “cómprate un baúl”, Vargas Llosa, inquirió “¿Para qué? “Para que guardes todas las criticas y maldiciones que te enviarán”, contestó Neruda.

Después de sus inmortales novelas y su rechazo al totalitarismo marxista, interpretado por la enajenación latinoamericana, Vargas Llosa necesita cinco baúles para guardar la rabia que guardan los mal llamados “socialistas” de América Latina. Los mismos que hoy atropellan a los venezolanos, imponiéndoles el comunismo con represión y balas.

Comprendo hoy que escribir es construir pero también es destruir a los traidores, a los falsos, a los que siempre les llega la hora de que las palabras como balas los hagan rodar por el asfalto o por la humedad de la tierra como perros sin raza ni lealtad, o reptiles a los que se hermanan a nombre de la depravación, la más refinada corrupción y el arrastre que han sellado sus destinos, y sobre todo, sus legados de azufre.

Por otra parte el carácter de Güito y sus hermanos y-que es lo que hace la diferencia entre los hombres-era pacífico y como todos ellos fue un gran hijo. Siempre lo admiré.

El que tenía vista podía descifrar la firmeza en sus ojos pardos-carmelita, en sus pasos seguros y en su voz amable pero grave que podía tornarse muy aguda, según la temperatura de las cosas.

Mi madre quiso a todos sus hermanos. Brindó amor a todo el que conoció y mostraba afecto por los que no conoció en persona pero escuchó hablar de sus buenas acciones de parte de amigos y familiares. Por otra parte jamás le escuché una palabra amable para Fidel Castro, ni para el alcohólico de Raúl Castro y el resto de la jauría.

A Güito lo quiso con una admiración fraternal, así lo hizo con su hermano mayor Andrés, con el menor Mayito, con Nano el padre de mi prima Vicky, un hombre de extraordinaria inteligencia que construía casas primorosas sin ser un arquitecto pero su capacidad era tal que ya hubiesen querido muchos arquitectos tener el talento que Nano albergaba en su luminoso cerebro.

Mamá amaba a abuela con singular ternura, como sólo una hija buena es capaz de querer al ser que le dio más que la vida, le dio una educación sin precio, una formación que escasamente existe en el mundo de hoy.

Tal parece que era mi tío Güito el más pintoresco y arriesgado de los varones de la familia.

En la Cárdenas de los años 50 a los 70 existían-como en todas las sociedades-seres perversos y de baja calaña, Uno de los más populares en mi pueblo era Juanito “Barbiquiú”. Este “mirahuecos”, que era de profesión carpintero, dedicaba sus noches a abrir huecos con su “Barbiquiú” en las casas para ver a las mujeres desnudas y otras situaciones de índole sexual. Esta piltralfa humana instaló su taller de carpintería en la cuadra donde vivíamos y era el “hazme reír” de todo el vecindario porque todos sabían la naturaleza de sus vicios, que le trajeron más de una golpiza de vez en cuando pero como era protegido por el Partido Comunista jamás, por lo menos hasta que logramos salir de Cuba, cumplió un día de cárcel.

Subsistían y lo más probable es que sobrevivan hoy muchos personajes crueles, amantes de apedrear a los perros, a los gatos, a los gusanos, a todos los que no les caían bien y a todo el que la “revolución” cubana les dio el “derecho” de ultrajar y maltratar a nombre del proletariado.

Después de 54 años de “revolución” existen muchos que hoy caminan por las calles de Miami, Union City y muchas ciudades del mundo. No son refugiados políticos. Son refugiados de ellos mismos, similares a los torturadores nazis que sobrevivieron la segunda guerra y vinieron a parar a Suramérica constantemente huyendo de los fantasmas de su pasado: omnipresentes en sus cortas conciencias, que son suficientemente como para hacerlos dormir con un ojo abierto.

Así me enteré, por mi primo Roberto, de que un maestro de carpintería que tenía en La Secundaria José Martí se refugiado en Miami. José Luis, un nativo de Cárdenas, amigo de mis primos compartía la casa de mi abuela en días de fiesta. Cuando se enteró de que mi familia iba a salir de Cuba me dio un día: “Tu vas a rodar Callidacs allá en el norte”. Era José Luis una especie de niño “yeyé”, con pelo largo y espesas patillas. Un pimpollo, heredero de El Ché y de los más modernos hijos de la mentira. Yo tenía apenas unos 11 años. José Luis ignoró mis palabras, que eran sinceras porque había este ser compartido con mi familia en momentos de alegría bajo las sombras de la revolución. No contestó palabra. Se portó como un heredero de los pricipios de Marx y de Lenin.

En 1995, cuando me reencontré con mi primo Robertico supe que el tal José Luis vivía en Miami. Había escapado de la dictadura que logró hacerlo un hipócrita o un ser desptreciable. Ahora se acogía a la sombra de los sandwishes cubanos de la Cafetería Latinoamerica.

Cuando se hizo realidad mi salida fui a su salón de clases para despedirme. “José Luis, me voy”, le dije una y otra vez. “Quería sólo

Desde los años 30, cuando el machadato, los amantes de mujeres casadas cuyos maridos trabajaban de noche estrenaron una moda: los zancos.

El arriesgado amante se ponía unos zancos enormes con una sábana encima y caminaba de noche por el vecindario. Todo el mundo comenzaba a decir que un fantasma salía de noche. Una vez que había aterrorizado a los residentes se quitaba los zancos y tenía relaciones sexuales con su “querida” porque todos en el barrio se acostaban temprano para no ver al “fantasma”.

El fundador de esta táctica sin quererlo había iniciado una innovadora manera de hacer el amor: sexo terrorista.

En una ocasión mi tío Güito regresaba del cine y se encontró al “fantasma” a una sólo cuadra de él. Sin tener idea quien era, Don Quijote, encarnado en Guito, se abalanzó corriendo a todo tren sobre el tipo de las zancas y la sábana. Mi tío le cayó encima. El sujeto rodó por el piso aterrorizado y mi tío le dio una lluvia de trompadas mientras el “fantasma” gritaba: “¡No me dé, yo no soy un fantasma!

Se acabaron los “fantasmas” en el barrio.

Mientras todas estas peripecias sucedían mi madre floreció en una hermosa mujer.

Ya iba a bailes en El Liceo, con sus hermanas y la perenne chaperona, que muchas veces era abuela. Encima de esta vigilancia las mujeres de mi familia tenían a sus hermanos, que cuidaban de ellas como joyas.

Corrían los años cuarenta.

Mi madre, al centro de la foto con sus amigas y amigos en Cárdenas (circa 1946). Nótese la senora con el grave rostro a la izquierda de la foto, seguramente ésta era la chaperona.

Tía Nora

Desde muy niña su hermana Nora era su protectora, su ángel de la guardia y la quiso hasta el final de sus días con un amor tan puro que no lo podrá borrar ni la muerte porque estoy seguro que se reunirán en el Paraíso por el amor a Cristo que ambas le profesaron. Ambas han sido cristianas por encima de todas las cualidades que mostró mamá y que mi tía muestra hasta nuestros días.

Tía Nora y mami compartían la misma cama desde niñas. Compartían anhelos, sueños, inquietudes, y sobre todo amor de hermanas. Este afecto fue tangible hasta el último día de mi madre: su hermana estuvo sujetándola hasta su último respiro. La hija de Nora, Maritza, mi madrina, fue una hija para ella. Al esposo de mi tía, a mi padrino, Rafael Olivera “Fefé”, lo quiso siempre como a un hermano.

Cuando Fefé se nos fue mamá lo lloró por muchos meses, como si se le hubiera muerto un hermano.

Siempre guardo el privilegio de haber cargado su féretro, cuando se despidió de nosotros en Miami en el 2002, porque era un hombre en todo el sentido de la palabra y nos dejó su ejemplo como un signo intachable a seguir.

Y es que mi tía Nora y su esposo Fefé son Gente Grande. Gente de un calibre que escasamente existe hoy. Luchadores, bondadosos, cristianos, prestos a ayudar a los demás; lo mejor del ser humano.

Fueron ellos quienes hicieron posible nuestro escape de la Cuba comunista y lograron que yo estudiara, tanto en España como que me desarrollara en este país. Fueron ellos los que alcanzaron con ese gesto que nuestra hija posteriormente naciera en este país-por el echo de haber sido esenciales en que nuestra familia se salvara del comunismo-y de que que Frances llegara a graduarse de la Universidad de Harvard a los 20 años de edad y que se graduara de Fordham Univerity Law School con un Doctorado en Leyes a sus escasos 25 años.

Fueron ellos la piedra angular de una hermosa familia. Su hija, Maritza, jamás los ha abandonado, siempre han vivido juntos.

Maritza siempre fue el ejemplo de la familia: se graduó de Farleigh Dickinson University de ingeniería industrial y continuó sus estudios hasta su Masters Degree. Se integró al mundo de las finanzas y poco después llegó a ser la única mujer hispana Asistente de Presidente del New York Republican Bank en la década de los 80, en un mundo financiero dominado por hombres y donde muy pocas mujeres hispanas llegaron a escalar los difíciles obstáculos de la casta bancaria de la época.

Su extenso resume de éxitos culminó en Miami, donde ha sido presidido bancos, ha funcionado como “consultant” de poderosos millonarios y se casó con un noriego, Viggo Kirsten, que ha sido un esposo ejemplar y de cuya unión han tenido dos hijos: Kirsten y Erick. Los dos son un ejemplo del legado que han dejado los cubanos en este gran país. Los dos se han graduado de importantes universidades y han conquistado sus Marters, fieles al ejemplo que les dejó su abuela, abuelo y su madre y padre, pues VIggo también obtuvo un Masters Degree en este país después que se casó con mi madrina en 1976.

Pero lo que más admiro de mi marina-prima es el amor que siempre le ha profesado a sus padres. Este la marca como una tradición de familia. Ella cuidó de mi padrino hasta su último día. Jamás en esta pequeña parte de nuestra extensa familia se asomó la duda de poner a ninguno de nuestros padres en un asilo (home) como han hecho tantos cubanos, algunos cruelmente, en este duro y largo exilio.

Siempre respetaré ese gesto de mi madrina que nos une más que la sangre: las convicciones son la herencia imborrable del amor a la familia que nuestras madres abonaron en enseñarnos.

Madrina vive con mi tía Nora que es ahora bisabuela. Sus dos hijos han seguido la tradición de honradez que nuestras madres tatuaron en nosotros. No puedo estar más orgulloso de ellos.

Fueron mis tíos los que nos recibieron en New Jersey y nos encaminaron en este país cuando no se demandaban tantos “derechos” como lo hacen hoy los emigrantes, muchas veces ilegales.

Recibir “welfare” en aquellos años era algo así como una desgracia familiar y el trabajo era el único camino a la existencia y al progreso. Era algo fuera de la imaginación de los emigrantes protestar frente a instituciones norteamericanas “demandando: derechos que les han sido negados en Latinoamérica por más de 500 años. Una demanda, cuyos países de los que provienen apagarían a pedradas, con una fuerte reacción gubernamental o siendo expulsados de estas naciones. Es este un país extremadamente generoso comparado con la comparsa política que no cesa de arrollar a lo largo y ancho de la Antillas y todo el hemisferio de habla castellana.

Fueron aquellos cubanos parte intrínseca de los pioneros de la inmigración, los que forjaron la comunidad cubana que tantos éxitos ha logrado en Los Estados Unidos.

Nora era la hermana predilecta de mi mamá, la más cercana, la más amada, aunque amor le sobraba para sus hermanos y hermanas: Güito, Mayito, Juana María , Fefa, Nano, Irma, especialmente para Andrés, el hermano mayor, a quien se referían como “padre” porque después que mi abuelo abandonó a la familia mi tío Andrés protegió y se hizo cargo de todos sus hermanos, tomando la responsabilidad de hacerse cargo de éstos con la más estricto compromiso.

Mi abuelo Gonzalo dejó a su mujer y a sus hijos para continuar su vida bohemia.

Mami me contaba que en sus últimos años Gonzalo se sentaba en la acera frente a su casa y saludaba a todas las mujeres, jóvenes y viejas-incluyendo las que habían sido sus amantes en su juventud-con la frase: “Siempre te quiero”.

Abuelo fue sibarita y mujeriego pero jamás ninguna mujer se quejó de que la maltrató físicamente ni le dijo frase insultante alguna.

Mi tía Nora tiene una compasión cristiana pero un carácter de hierro. Es de naturaleza noble pero no le aguanta una a nadie. Dios le regaló un corazón más grande que un continente pero un valor y un coraje de un mártir de Cristo o de un guerrero. Siempre respetaré de mi tía que no se le quedaba callada a nadie a quien tuviera que decirle sus verdades, que resultaron ser la verdades que merecían escuchar de alguien que tenía el valor de cantárselas en la cara.

Mi madre me enseñó a querer y respetar a mi tía Nora desde que tengo uso de razón y ese amor y ese respeto sólo se expandió según fui reconociendo sus cualidades.

De todos sus hermanos que amó con entrañable ternura Nora fue la que mi madre más veneró.

Nora y su esposo Rafael Olivera (Fefé) estuvieron siempre en el centro del corazón de mi madre. Hasta en sus últimos días llamaba sus nombres y el de Maritza, su sobrina amada, a la quien no dejó de recordar ni preguntar por ella ni en la faceta más avanzada y crítica de su enfermedad.

Para mi madre su hermana Nora jamás dejó de ser su ángel protector, aquella niña que dormía en su cama como dos hermanas que estaban destinadas a dormir en los brazos de Cristo, allá donde sólo pocos llegan.

Me enseñó desde niño que mi tía era mi segunda madre. Fue mi tía la primera que me cargó en sus brazos cuando nací. Fue mi tía el modelo de fortaleza e integridad que moldeó a su hija, mi madrina Maritza, para sobrevivir y triunfar en este país.

No he conocido un amor entre hermanas más grande que el de mi madre por su hermana.

En el momento de su muerte tía Nora estaba a su lado rezando, agarrando la mano de mami hasta su último latido.

Una Cuba para recordar


La Cuba en que mi madre creció latía en turbulencia. El cubano, cuya república había nacido con un Colt en la sien, no encontraba alboroto ni revolución que no le gustara.

Las revoluciones caracterizaron nuestra identidad nacional; desde “La Chambelona” hasta “La Epidemia de 1959” los cubanos encontraban en la violencia su fiesta preferida.

Cada vez que juramentaba un presidente se levantaba otro líder en armas o la Enmienda Platt venía a abofetear nuestra “democracia”, cuya raíz estaba infectada por las imposiciones desde Tomás Estrada Palma, quien fue el elegido de Los Estados Unidos para llenar el vacío que habían dejado los líderes patriotas cubanos, pasando por Gerardo Machado, los demás oportunistas y culminando en Fulgencio Batista, el hombre que abandonó cobardemente al pueblo cubano para que los comunistas lo esclavizaran hasta nuestros días.

Lo peor vino después.

Y es que al que tanto busca al demonio éste lo apremia.

Algo parecido sucede hoy en La Gran Venezuela, algo que advertí en un artículo escrito en el 2007.

Pero en pueblos como Cárdenas, la ciudad bandera, donde precisamente un venezolano, Narciso López, arribó a sus playas e izó la primera bandera cubana, copiada por el estado norteamericano de Puerto Rico la vida tenía el ritmo de su brisa marina que barría las tardes y con ésta todas las preocupaciones meridionales.

Desembarcó Narciso el 19 de mayo de 1850, plantando el estandarte tricolor jamás visto anteriormente en la isla, para horas más tarde ser traicionado por los cardenenses y sus compañeros acribillados a balazos y Narciso hecho prisionero fue llevado a La Habana como trofeo del imperio.

El patriota venezocubano erró al pensar que llegando él y sus escasas tropas a liberar la ciudad, los cardenenses se tirarían a las calles ansiosos de libertad.

Este insigne caraqueño fue creador y promotor no sólo de la bandera cubana sino del escudo de Cuba. En efecto fueron venezolanos y cubanos los que confeccionaron la bandera cubana, entre éstos su sobrino, el patriota criollo José María Sánchez Iznaga y el escritor Cirilo Villaverde.

López fue torturado por los españoles y llevado en cadenas y a patadas a La Habana donde sería cruelmente ejecutado a garrote vil el 1 de septiembre de 1851.

La juventud cubana de los años cuarenta y gran parte de los cincuenta vivía en una candidez política que acabaría por devorarla.

Mamá se hizo una bella joven en el calor de su familia. A pesar de su condición social tuvo una niñez y una juventud alegre, rodeada de una familia que la abrigaba bajo una fuerte unión, entre juegos y risas. Todos ajenos a la política, que vendría a abortar los más nobles sentimientos de las familias cubanas.

Comenzó a frecuentar los bailes en El Liceo de Cárdenas, un club privado cuyos miembros eran casi en su mayoría de clase media, con su madre y sus hermanas como inalterables chaperonas.

Su risa era tan contagiosa como grande era su ingenuidad y su dulce naturaleza. Siempre fue la más noble e ingenua de sus hermanas y esa cualidad la hizo parecerse mucho a mi abuela, a la que en sus últimos años asemejaba incluso físicamente.

Toda su vida se destacó por su desprendimiento, su generosidad, su mansedumbre. Su personalidad fue siempre la humildad, a la que Santa Teresa de Jesús calificó como La Verdad.

No tenía nada que no estaba dispuesta a regalar o a compartir, excepto su honor y su dignidad.

Siempre ofrecía desde una taza de café a sus propios objetos personales pues, siendo una persona tan cercana a Cristo, no mostró nunca amor por nada material.

Todo el que la conoció la llegó a querer o a envidiar, porque muchos de los cubanos, desafortunadamente, por algún factor genético, innato, envidian hasta un catarro, ya no digamos las virtudes, de las que tan necesitados han estado a través de su agitada historia.

El escritor Israel Rodríguez me repetía estos errores vitales del cubano que viven hasta hoy: “Qué se joda el otro, no tú” es lo que repiten hasta hoy los cubanos sumisos a la esclavitud de la familia Castro a sus hijos y familiares que se aventuran a protestar contra la tiranía, poniendo sus vidas a merced de los esbirros cubanos, cuya dignidad-según uno de sus escritores pre-fabricados, quien ha escrito largas lágrimas de cocodrilo en forma de tortuosos legajos y hoy se encuentra “exiliado” en Los Estados Unidos-colgaba de sus relojes Rolex y sus automóviles Lada mientras la mayor parte del pueblo cubano sufría “el período especial”.

Las insufribles “colas” son parte de nuestra historia por 54 años. Hoy comienzan a ser parte del pueblo venezolano, de quienes sus líderes, heredados por ‘mayoría’ de voto, comparten socialistamente la miseria.

Recuerdo comprar el libro donde se narraban “secretos” de la nomenclatura castrista a Nibio Martínez, propietario de una librería en Union City e ínsólito editor del semanal “La Razón”, para después ragalarsélo a una obrera cubana del New Jersey Auto Vehicles, y quien preguntó donde había adquirido el libro. No conocía a esta mujer pero me lanzó un insulto de tal embergadura con una pregunta. Viéndome inmerso en la lectura y observando de reojo la contra portada del libro en la que el autor aparecía con un españolísimo bigote me preguntó: ¿Ese es usted?

Le regalé el libro.

Esto sucedió North Bergen mientras esperaba mi turno, habiendo leido varias páginas de este nauseabundo panfleto, el cual se titulaba “Hermosísimos Guerreros Cubanos y otras historietas”, o algo parecido.

Israel Rodríguez

Israel Rodríguez era un hombre sabio que se había graduado de leyes en La Habana. Llegó a ser un gran amigo de la familia y conversaba mucho son mis padres. Elogiaba la cocina de mi madre, que era para chuparse los dedos.

Había conocido personalmente a Fidel Castro en sus años en que Fidel era un ganster universitario e Israel escapó de Cuba al advertir que los hermanos Castro comenzarían a ejercer purgas estalinistas dentro de sus filas.

Muchas me contó como Fidel Castro lo invitaba a almorzar y desaparecía na vez que el la cuenta venía, dejando a sus “amigos” a merced del pago de la cafetería o el restaurante de turno. Castro era desde entonces un ganster experto en las malicias de la calle, hampa del bajo mundo.

Israel fue proclamado “El poeta de la revolución” a mediados de la década del 50 cuando estudiaba derecho en La Universidad de la Habana, hasta que olfateó las conspiraciones marxistas en 1959. Advirtiendo que no podrían manipularlo, los comunistas adobaron su futuro en uno de los famosos juicios proletarios.

Israel tenía dos caminos: irse de Cuba o someterse a un inevitable simulacro de justicia de donde saldría, indudablemente, condenado a muerte.

El había sido amigo de José Antonio Echeverría y los mártires de Humboldt 7.

Poseía una cultura arrasante de la que bebí con avidez. Gustaba de narrar la vida de los santos, de las cuales no dejaba de leer ni en su avanzada edad.

A mi madre le alegraba escucharlo y le cocinaba a Israel sus inolvidables platos cubanos mientras que él nos contaba las vidas de estos seres ejemplares que influyeron la forma de ser de Israel a través de su trayectoria.

Para salvar su vida tuvo que buscar refugio en una embajada en 1959, para más tarde fugarse del país.

Una vez en el exilio logró obtener dos doctorados: uno en literatura y otro en filosofía y publicar una docena de libros que aún en nuestros días se estudian en universidades alrededor del universo.

Era una de esas singulares personas que hablaba con autoridad sobre casi cualquier tema. De la ciencia a las letras, de las plantas al origen de las especies, de literatura rusa a Gilgamesh. Israel gozaba de una mente con la que alumbró a miles de estudiantes de literatura y filosofía en la Universidad de Kean, donde enseñó por 28 años.

Pocas personas he conocido como él, pues la mayoría de los intelectuales que me he encontrado en mi camino son más bien diletantes que leen la contra portada los libros y después hablan de éstos con la autoridad de un presentador de un show de televisión.

Cuando Israel visitaba nuestra casa y comenzaba a profundizar en algún tema se hacía un imán de todos los presentes que bebían gustosos de su fuente de sabiduría. Su vasto conocimiento, su dinamismo y su dialéctica me recuerdan siempre a Jorge Vals, el poeta, escritor y filósofo cubano que cumplió 20 años de prisión política por alzar su voz contra lo que él creía, y en efecto era un infamia.

Con Israel llegué a aprender mucho más que lo que me habían enseñado en la universidad, aunque tuve dos profesores que han marcado mi carrera de maestro para toda la vida.

Israel se deleitaba en el arroz frito que mi madre, que con su irremplazable cariño nos cocinaba.

La Dra. Onilda Jiménez dictaba inolvidables clases de literatura en Jersey City State College durante los años 70 y ochenta y fue la profesora que descubrió y promovió mis inquietudes literarias.

Dr. Michael Grosso fue el que más influyó mi estilo de enseñar. No consultaba nota alguna. Todas sus lecciones salían de su luminoso cerebro, de sus intensos años de lectura y su clase era un constante debate socrático, incitando al pensamiento crítico. Esta manera de enseñar es la que trato de practicar hasta el día de hoy. Grosso fue una fuertísima influencia en mi formación como maestro. Siempre le estaré agradecido.

Inspirado por aquellos grandes maestros me enfrasqué en la lectura con pasión. Desde 1981 bebía libros como sorbos de agua. Aunque mi amor a la lectura comenzó mucho antes, fue en éstos años cuando proliferó hasta casi un obsesión. Marcel Proust, Lorca, Stefan Sweigh, Vicente Alexandrie, los clásicos griegos y romanos. Hoy no sé ni como leí Los Anales de Tácito, Los Comentarios de César, en hojas de Biblia, “Las Vidas Paralelas” de Plutarco y muchos más libros que conservo en algún cajón de la casa. De “Los Doce Césares” de Ivan Lissner pasé a Seutonious, la fuente original de Lissner. Vargas Llosa, Ortega y Gasset, Nietzsche, José Martí. Siempre Martí. Los poetas románticos ingleses, franceses, alemanes y españoles, los genios del Siglo de Oro, los Grandes como T.S Eliot y George Orwell, Hemingway y todos los historiadores de la Guerra Civil Española que escribieron algo que no fuera propaganda comunista sobre aquella “epidemia” como la llamaba Hemingway, pasaron por mis ojos. Me hundí en Baudelaire con fuerza juvenil. Me enfrasqué en los escritos de los narradores latinoamericanos del Boom. La revolución francesa ocupó una buena parte de mi tiempo. Edgar Allen Poe y sus historias de suspenso y terror y su inolvidable poema “The Raven”, Thomas Mann y su inmortal “Muerte en Venecia”. Sthendhal “El Rojo y El Negro” lo compré en Madrid en abril de 1983 y lo llegué a leer tres veces.

Por un amplio espacio de tiempo dediqué mis inquietudes a estudiar el debate europeo sobre la condición humana del Indio en contraste con las injusticias que los conquistadores cometían impunemente. A Góngora lo leí con estusiasmo. A Ruben Darío también. Después, los vanguardistas latinoamericanos. De Nicanor Parra aprecié su genial poesía que se llegó a denominar la anti-poesía. Vicente Huidobro y su “Altazor”. Hasta llegué a admirar algunos poemas de Roque Dalton, el gran poeta nicaragüense asesinado por sus “compañeros: marxistas. “La hora de la ceniza” de Dalton es una obra magistral.

Así fui educándome literariamente mientras conservaba la base que mi madre había sembrado en mi: tratar siempre de hacer el bien a los demás, no buscarme problemas. El problema es que las batallas me han requerido una y otra vez, celosas de no tentar mi espíritu. Me han buscado gracias a Dios en escenarios democráticos, donde de los escritos, las palabras y los puños no se ha llegado a las balas.

Jamás traicioné mis principios, que más que políticos se sostienen en una sólida base humana, porque oponer al comunismo, de cualquier manera y lugar de donde se practique es un emplazamiento ético, auténticamente humano y moral. Es por esto que rechacé durante los años 80 y 90 cualquier insinuación o propuesta de publicar en editoriales sombrilla de la revolución cubana. Dentro de éstas se me presentó la oportunidad de visitar la isla “para ver por mis propios ojos que el castrismo no era lo que yo pensaba”.

Ni siquiera me pasó por la mente considerar propuesta alguna y mucho menos respetar a los que me insinuaban tales acercamientos con la dictadura.

Pagué el precio de los poetas exiliados, que habíamos sido- como todo exiliado político- en las palabras de Czeslaw Mislosz: “Catapultados hacia la historia.”

Fui reconocido por poetas en mi misma situación. Auténticos poetas, los escasos, los necesarios, los que manifiestan un dolor acerado en sus venas a través de sus versos. Algunos ajenos a mi militancia radical pero suficientemente demócratas y sensibles como para poner la poesía por delante. Pocos, escasos fueron los que incluyeron o recomendaron alguno de mis poemas en sus antologías: Maya Islas, Iraída Iturralde, José Corrales y otros poetas y críticos que admiro por su persistencia en publicar sus vivencias en el Norte de Los Estados Unidos. Porque de Miami para qué ni mencionar. Poetas que fueron generosos en recomendarme para varias de las publicaciones a las que arriesgaron a publicar personas que aventuraron su tiempo y su dinero en sacar a la luz la obra de los escritores cubanos, cuya palabra creció en la nieve, en el frío del norte pero que en sus almas abroquelaban sus raíces. Poetas que sobrevivieron el exilio en soledad e indiferencia: elementos esenciales de la poesía.

¿Qué arte se puede lograr en una playa de Miami? ¿Qué agonía se puede escribir en medio de un paraíso tropical? Con la excepción de los poetas y escritores, que han vivido este destierro, este vacío donde los días de invierno son tan cortos y grises que taladran los rincones del alma, lo demás es literatura y música de playa, muy auténtica, elocuente y atractiva, popular y tramito nocturno de las masas, pero vacía en contenido y esencia como una charanga o un “perreo”.

Y es que Latinoamérica van dando pasos atrás. Mientras más se industrializa e independiza la Europa oriental, nuestros países van hacia atrás. Más endeudados que nunca, con contadas excepciones, Latinoamérica se convierte, caudillo a caudillo, en el Africa de este hemisferio.

Toda mi vida literaria he sido condenado al ostracismo tanto por la extrema izquierda que me odia, como por la derecha que no es capaz de entenderme. Porque una está anclada en una ideología con una venda en los ojos y el alma podrida de inquina. Y la otra no sale de su batalla consigo misma, para ésta especialmente los poetas han sido por generaciones seres extraños, personajes incómodos porque pueden leer en una mirada intenciones y hasta, surrealisticamente, su oscuro subconsciente. Les temen. Los tildan de locos porque ponen al relieve las verdades que con tanto celo han ocultado por siglos. Esto es una tradición casi universal, a James Joyce y Oscar Wilde los crucificaton sus propios pueblos. Algo similar sucedió con Julian del Casal y Heredia, a quienes Martí salvó del olvido con su inmortales ensayos.

Por ora parte para el comunismo el poeta es una ficha al servicio de sus ambiciones homicidas.

La única realidad del marxismo es una bala en la cabeza, es también la única que entienden porque el comunismo es la mayor infección que haya conocido la humanidad. Genera odio y violencia. Estos son sus dioses a los que llaman partido. Se devoran entre sí a nombre de éste.

Para la derecha cubana el poeta es alguien que pone al descubierto sus entrañas. Un sujeto que no se ajusta a su mediocridad y al que no le perdonan estar por encima de ésta.

Sólo un alma transparente como la de mamá estaba por encima de todo esta podredumbre y reconocía la autenticidad de unos y aborrecía la maldad de los otros.

Muchas veces mamá cocinó para escritores y poetas como Felix Rizo, Miguel Correa y Joaquín Gálvez en el apartamento de la 12 y Summit Avenue en Union City.

Aunque mis padres no tenían la formación académica que los hiciera entender la poesía, no así con la genial prosa de Miguel Correa y su “Al Norte del Infierno”, fueron excepcionales anfitriones de estos escritores que han dejado su sello en la historia de Cuba y a los cuales algún día descubrirán estudiantes de literatura de una Cuba democrática para alzarlos en las letras cubanas al reconocimiento que merecen.

Porque los que escribimos desde el exilio lo hacemos desde lo ignoto hasta que muchos años después otra generación nos descubre y nos revela y nos autentiza.

He pagado con gusto mi resistencia al reconocimiento de mi literatura como he pagado la semilla cristiana que he sembrado en amigos, algunos de los que hoy son traidores a la amistad y la democracia, esclavos de un poder efímero, local, infame.

Han pasado de ser de hombres respetados a entrañas de cerdo, a carne putrefacta odiada por su propia gente en el exilio.

He pagado mis convicciones fiel a las enseñanzas de mi madre: me puedo mirar al espejo sin remordimientos de conciencia, que para los que la tenemos, es algo sumamente importante.

Israel Rodríguez me advirtió de las acechanzas de los comunistas en nuestras largas charlas. Era tan desconfiado que me repetía: “Cuando alguien me da una placa o un premio me pongo nervioso, y me pregunto ¿qué quiere esta gente?”

Hablaba la experiencia y la sabiduría.

Cada vez que se me acercaba uno de estos agentes, que trabajaban los círculos literarios y hasta la oficina en la que trabajaba en la calle 26 de Union City, pensaba en las atrocidades cometidas desde que tengo de uso de razón sobre el pueblo cubano. En la violencia y la tirria que se ejerció en mi pueblo hasta que me fui de Cuba. Pensaba en el odio que desde niño vi combinar a mis conciudadanos con la retórica castrista y sus instintos naturales.

En Cárdenas, la Ciudad Bandera, encajó perfectamente el comunismo, como anillo al dedo. Y es que existían y hasta hoy subsisten seres que no merecen otra cosa que no sea una bota en la cabeza, porque dispuestos siempre estuvieron a ultrajar y a violar los derechos humanos de los que el comunismo señalo como “gusanos”, “lumpen proletariat”, “escoria” y otros peyorativos para golpear y denigrar a sus coterráneos.

Ahora hay lo tienen, el comunismo estalinista cubano. que los viola repetidamente y los ha llevado a la máxima expresión de la miseria, mucho más despiadadamente de lo que ustedes fueron capaces de imaginar cuando atropellaban a aquellos a quienes calificaban de “gusanos” en los primeros años de la desdicha.

Y hoy lo tienen en ese gran país que es Venezuela y del cual Martí escribió con sumo afecto.

Desgraciadamente para Venezuela sólo un desenlace extremadamente violento y fatal podrá librar a su gente del yugo comunista, al cual llevaron al poder por votos y hoy se consolida a base de balas, atropello y la demencia genocida que caracteriza al marxismo.

Al principio de la década de los 90 algunos venezolanos se burlaban de los cubanos, cuestionaban nuestro valor: “Es que los cubanos tienen a Fidel Castro porque no tienen cojones”, decían en las cafeterías de Miami.

Después de catorce años de Hugo Chávez les cayó el insípido de Nicolás Maduro, el hombre fuerte de Venezuela; Diosdado Cabello y el máximo exponente del comunismo corrupto, oportunista y burgués: José Vicente Rangel y comparsa.

Mi defensa de la democracia y mi desprecio por la tiranía me hicieron, naturalmente, militar en las filas del 30 de Noviembre, movimiento revolucionario-democrático histórico que nació en 1960 y se mantenía muy activo durante los años 80 y 90 en el norte de Los Estados Unidos y que hasta el día de hoy no olvida sus cientos de mártires acribillados a balazos por Castro, su compromiso con los que cayeron bajo los pelotones de fusilamiento de la familia latifundista que domina los destinos de Cuba. Fue en el 30 de Noviembre que llegué a conocer en detalles la maldad de los Castro contada por sus víctimas que serán siempre héroes para mi: Israel Abreu, Tony Pons, Pepín del Río, Leopoldo Morgado, Arturo Díaz, Los hermanos Infante, Carlos Calvo y muchos otros.

Los ex-presos políticos cubanos tienen un lugar muy especial en mi corazón’ Cuando he sido invitado por éstos a hablar en público por ellos he dejado el corazón en mis palabras porque, como he repetido en ocasiones, han moldeado mi carácter y reafirmado mis principios democráticos.

Angel Alemán e Israel Abreu son personas ejemplares que con su comportamiento marcaron mi conducta. A tony Pons le tengo un cariño especial. Le dediqué un artículo al principio de los 90 que se publicó en El Estado Jardín, semanario del publicista Yodalio Cabaleiro Jr., porque Tony es de una naturaleza sincera y generosa. Tiene la valentía de un héroe y la hermandad de un Caballero Templario. Fue este hombre quien compartió años de celda con Jorge Vals y lo amparó como a un hermano aún ante el salvajismo más inhumano de los esbirros castristas.

Fue al principio de los 90 que conocí a Mario Fernández.

Fernández había militado en Omega 7, la organización élite de Alpha 66. No he conocido un hombre más valiente ni más íntegro que Mario. Cuando nos reencontramos le he dicho que si tuviera un hermano quisiera que fuera como Mario. Y es que así como es difícil encontrar tantas cualidades en una mujer como mi madre, así es de inusual encontrar un hombre con el valor, las convicciones y la autenticidad de Mario Fernández.

Mamá le tomó mucho cariño a Israel y a mis hermanos de 30. A Mario Fernández también por la admiración de que yo le hablaba de él y lo dispuesto que estuvo siempre a apoyar las revistas literarias y periódicos que tuve la responsabilidad y la oportunidad de editar y dirigir.

Mantuve una comunicación abierta siempre con mi madre. Llegó a apreciar como a una hija a Idania, la mujer de mi vida.

Sin ni siquiera conocerlos en persona llegó a manifestarme su estima por mis hermanos del 30, por Mario Fernández, por Israel Abreu, con el que habló en variadas ocasiones porque mi madre inalterablemente amó a todo el que mostraba amistad por mi persona.

Fue Mario, con inolvidable coraje, el que inició la lucha de resistencia pacífica contra la dictadura castrista en el exilio el 25 de enero de 1992 en el Jacob Javits Center a sólo cuadras del corazón de Nueva York, frente a más de cinco mil comunistas se paró con una pancarta que leía “Libertad para los presos políticos”. Es tan fuerte que ni siquiera una andanada de golpes de los esbirros castristas doblegaron sus rodillas ni sus puños.

De la hombría y la gallardía de Mario Fernández hay mucho que escribir. Uno de los pasajes más representativos de su personalidad es cuando fue nombrado por un “periodista” local al que Mario había “despelucado” en un evento en Hijos de Fomento.

Corría el final de la década de los 90. Existía una efervescencia en la comunidad cubana que veía la democracia a las puertas del castrismo.

En aquel evento Mario se subió al escenario, algo que no es natural en él, y le pegó un par de galletas a un vocero de la comunidad cubana al que su panfleto castigaba a todo el que se oponía. Días después salió al la luz su libelo com el titular “Salimos Despeinaditos y perfumados”.

Mario salió a buscar al editor del panfleto y lo encontró en “La Churrería”, centro donde éste y otros personajes locales contaban sus “hazañas”. Fernández le dijo: “ven conmigo” y lo montó en su automóvil.

Lo llevó a un costado solitario del río Hudson y le mostró dos pistolas. “Vamos a ver ahora si es verdad lo que es escribes. Bájate”.

De más estar decir que el sujeto le imploró a Mario que no lo matara allí mismo, aunque Fernández le repitió una y otra vez que tenían iguales posibilidades de
morir en un duelo.

Más nunca este periodista mencionó a Mario Fernández en su popular publicación.

Así es Mario, un hombre de éxito y por encima de honor que representa lo mejor del cubano, del ser humano.

Su carácter templado como la hoja de un sable de acero acentuó en mi lo que había leído y aplicado a mi vida, aparte del Nuevo Testamento. Mario reforzó en mi las palabras de Lucio Catilina: “Sólo los locos dejan las armas”, aunque las armas de Fernández siempre han sido sus manos y su palabra.

Mi madre me apoyó en todas mis ideas y mis acciones, aunque su naturaleza maternal estaba presente para advertirme de los peligros hasta el cansancio.

Terminé publicando dos libros de poesía, “Barlow Avenue”, del que logre dos ediciones y “Cuando se acaban los pueblos”, editados en San Lázaro Graphics de Miami, que vendía yo mismo en presentaciones. El primero llegó a dos ediciones y el segundo a unas escasas 500 copias. Los excepcionales pintores Jesús Selgas y mi gran amigo Raúl Villarreal ilustraron primorosamente las carátulas sin cobrar un centavo.

Poeta jodido como soy, me resistí a publicar con el traficante de Libros Salvat, que se hizo millonario cobrándole cientos de miles de dólares a los escritores exiliados cubanos, muchos de éstos eran incapaces de publicar siquiera un artículo o un poema en ninguna publicación seria pero a la Editorial Salvat, si le pagaban, Salvat le editaba sus libros.

Mamá con su nieta Frances en la mesa donde vendían la primera edición de “Barlow Avenue” en el otoño de 1991. La presentación fue en el salón gótico del entonces Jersey City State College. Hablaron la Dra. Onilda Jiménez y el Dr. Israel Rodríguez, ambos habían escrito-una la contra portada del libro y el Dr. Rodríguez el prólogo-Frances, la nieta a quien tanto amor le profesó llegaría a alcanzar grandes éxitos a corta edad: después de haberse graduado Valedictorian, Presidente de la Clase y Spelling Bee Champion de Kennedy Elementary School en North Bergen, se graduaría del High Tech High School en North Bergen en la cima de su clase. Con la corta edad de 16 años comenzó sus estudios en la Universidad de Harvard, Cambridge, donde se llegó a destacar a plenitud. Fue la primera mujer de origen hispano que corrió para presidente de cuerpo de estudiantes y a su graduación recibió el premio de la universidad por sus contribuciones a la más prestigiosa institución académica del mundo. Allí dejó su huella, de la cual nuestra pequeña pero unida familia está sumamente orgullosa. El 19 de mayo del 2013, la nieta de Francisca Rodríguez (Martel), se graduaría de un doctorado en leyes de la Universidad de Fordham, cumpliendo sus 25 años. Estoy seguro que este triunfo, en el cual sus abuelos no estaban presentes, lo celebraron desde el cielo tanto como nosotros, su madre y yo, quien tuvimos la fortuna de estar en su graduación en Radio City Music Hall de Manhattan.

Mi madre estaba presente en la presentación de mi primer libro “Barlow Avenue” en lo que es hoy New Jersey City University. Fue ella junto a mi hija Frances, de unos escasos cuatro años, las que vendían mis libros durante y al final de mis presentaciones. Algo que era humillante para el ego de cualquier poeta pero para mi era un sello de mi atrincheraba mi convicción democrática, familiar, anti-comunista.

Degradante para mi era poner en venta mis convicciones para que los comunistas me publicaran un libro y me hicieran una fiesta con sus dólares ensangrentados o para que Salvat me los robara impunemente para engordar su obesa billetera.

No obstante fueron muchos los “poetas” y “escritores” cubanos que sucumbieron ante la tentación del régimen cubano y se dejaron marionetear por sus agentes por el reconocimiento de ser publicados y ensalzados por los esbirros que atendían a la “intelectualidad” cubana en el exilio.

Muchos más cayeron en manos de Salvat, quien no encontraba panfleto alguno que no estaba dispuesto a publicar si olfateaba el signo del dólar, que para este señor era el verdadero significado de la literatura.

Compartí muchas de mis inquietudes con mi madre, quien siempre las apoyó incondicionalmente. Siempre aconsejándome que tuviera cuidado pero sé sentía orgullosa de lo que iba alcanzando con esfuerzo propio.

Tenía mamá un instinto excepcional para advertir cuando el peligro me tendía una emboscada. Tenía el don de presentir. En mis años juveniles, cuando no se “tiene a la audacia por escudo” llegue a apreciar sus advertencias en odios, envidias y otros asuntos de naturaleza oscura que buscaban mi humillación y mi derrota.

Muchas veces me acusó de “buscapleitos” por mi condición rebelde y me repetía que no me metiera en problemas.

Recuerdo una vez llegué a casa con ocho puntos en entre la ceja izquierda y el párpado después de una de las peleas callejeras que el destino me puso por delante. Mamá se alarmó muchísimo y después del consabido regaño me contó que ella sintió cuando me golpearon. Estaba durmiendo, se levantó bruscamente y despertó a mi padre diciéndole: ” A mi hijo le pasa algo”.

Aún en aquella pelea Cristo me acompañó en mis ruegos de no caer al piso. Me golpearon dos veces con un enorme anillo que mi contrincante llevaba en uno de sus nudillos. Este personaje no resultó ser tan duro, pero el anillo sí. Me pegó dos veces en el ojo izquierdo, del cual jamás recuperé la visión plena pero no me caí. Mi adversario salió con la nariz echa pedazos, los labios reventados y se estaba cayendo de los golpes que le propiné en el estómago y en la quijada. Si broté bastante sangre por el ojo, él quedó echo una sopa de sangre y muy mal sostenido por lo que le quedaba de su equilibrio cuando intervinieron sus amigos y la policía. De esta pelea son testigos mi esposa Idania, su hermana Consuelo y mi buen amigo Ricardo Sordo, con quien vine a reunirme después de más de un cuarto de década que no nos veíamos.

Era el principio del otoño de 1977; el mejor año de mi vida. La trifulca tuvo lugar en frente a una vieja iglesia de Kennedy Boulevard, a una cuadra de Journal Square. La policía arribó a escasos segundos de que cayera al piso mi castigador, que en esos momentos, como un toro herido buscaba donde derribarse. Si Cristo me salvó de no caer también fue bondadoso con este busca vidas, porque cuando lo vi confuso, echando para atrás y buscando la ayuda de alguien, me vino el segundo aire y la quinta furia: la de rematar. Eso me hubiese problemas.

Sin embargo estábamos en 1977. Los policías me metieron en un carro gritándome que yo parecía un monstruo no por lo agresivo sino por la sangre que emanaba de mi ojo que se regaba por toda la camisa, mientras que a él le preguntaban si quería que llamara a la ambulancia. No puedo olvidar que fue esa la única vez en mi vida que me encerraban en un carro de policía. Yo ignoraba que cuando te encierran en los asientos de atrás no tienes forma de salir. Fue realmente frustrante.

Me sacaron finalmente del carro de policía y me pusieron frente al tipo del anillo. Lo único que se me ocurrió decirle fue: “Te veo aquí el lunes a las ocho”. El asintió.

La sangre se coaguló en el ojo, en la camisa. Yo, que momentos antes del altercado salía a bailar en una discoteca insistí en ir así como estaba.

Terminé en el antigüo Hospital Hudson de Union City donde me cocieron unos médicos cubanos la herida mientras a regañadientes le decían a las enfermeras: “Mira esto fulana, por eso es que yo no dejo salir a mis hijos. ¿Qué tú haces a las dos de la madruga en la calle muchacho?”

Soporte mucho más tranquilo el que me cocieran la herida que insoportable y cubanísima perorata de aquellos buenos médicos.

El siguiente lunes estaba en la misma esquina, com mi ojo tapado y mis puños listos.

El cobarde no se apareció.

Eran aquellos tiempos en los que mi padre me repetía una y otra vez, ante mi conspicua incomodidad: “Si sigues así tienes dos caminos: la cárcel o el cementerio”.

En esto mi viejo, curtido y con experto ojo de la calle-el que heredé-se equivocó por milimetros.

Este tipo de disgustos es es el único que llevo como signo de arrepentimiento con mi madre, quien no importa cuantos regaños me lanzara en cuanto a mis impulsos, jamás le contesté. Bajaba la cabeza no avergonzado de mis peleas callejeras, sino de lo mal que la hacían sentir.

Así se asentó mi vida con Idania, fue mermando mi atracción a la violencia hasta convertirme en un pacifista, eso sí un pacifista armado. Armado de convicciones, armado de buena voluntad hacia los demás y por lo demás armado, que es a única manera de ser pacifista sino se tienen las convicciones de Mahatma Ghandi, Dalai Lama o Mi Salvador y Señor Jesucristo, El Hijo de Dios. Todavía no llegó a aplicar totalmente tal compatible mansedumbre pero he recorrido un largo camino en esta búsqueda, aunque guardo celosamente la Verdad que en mi corazón no abrigo rencor ni envidia alguna. Sólo abrigo justicia para los que con su comportamiento se hacen despreciables ante los ojos de Dios. Y a Dios y a Cristo le estoy eternamente agradecido de que la envidia ha sido desconocida por mi alma. Estos que es dado, es también heredado por un alma tan limpia como la de mamá.

Por los años 80 y 90 otra casta de poetas “exiliados” se prestaron para dialogar, visitar y amistar a los comunistas por las migajas turísticas, diplomáticas y hasta de carácter sexual que les tiraron los nangáras en huesos con anzuelos.

Y es que de la internacional socialista siempre se ha servido de un innumerable conjunto de “comunistas de café”, quienes han encontrado una manta a su ocio en las prebendas de los que en realidad los utilizan y los desprecian.

Hasta nuestros días andan por ahí, diletanteando, comemierdando, suspirando por el final del “imperio” en el cual desbocan sus falsas ilusiones y “combaten” por los pobres de América, a los cuales ni siquiera se han acercado, ni por curiosidad.

Así le han hecho coro a los agentes comunistas cubanos que les ofrecieron unas vacaciones en Varadero y les concedieron una gota de validez a sus asquerosos poemas y artículos ensalzando a Fidel Castro y a su latifundista familia, de similar manera que se dejaron utilizar los intelectuales occidentales cuando Stalin los citaba a la Unión Soviética para que divulgaran al mundo las maravillas del estalinismo, mientras se encontraba en la faena de exterminar a más de 25 millones de seres humanos, en su mayoría campesinos, obreros.

El comunismo ha odiado y aniquilado al campesino a través de su sangrienta historia porque son los campesinos los que producen y le dan vida a las naciones con su duro trabajo. Stalin los descalificó como “saboteadores” y les declaró “la guerra a muerte”.

La “derecha” miamense cubana no está a muchos pasos atrás, aunque no se puede comparar ni el el mínimo denominador al comunismo genocida.

El problema que enfrenta la “derecha” es básicamente clasista, semejante a la aristocracia cubana, que nunca fue noble. Los que tienen menos recursos materiales que éstos son “muertos de hambre”-frase muy popular entre la alta burguesía cubana. Siempre ha estado ésta al borde del desprecio, sino hundida en el desprecio y hasta el día de hoy son incapaces de encontrar la luz, cegada por lo que le enseñaron a sus hijos que ahora le piden cirugías de los senos como regalo de un cumpleaños de 16 hasta un Mercedes Benz como regalo a la misma edad.

Esta gentuza ha enarbolado la bandera cubana a nombre del materialismo arrasante y carente de sacrificios y principios que caracterizaron a los padres de la patria cubana.

Anhelan un Cuba libre a base de la sangre derramada por otros que no sean sus hijos.

Esta es gran parte de la tragedia cubana, la que leyó tan eficazmente Fidel Castro.

Muchos de estos “patriotas” han vivido, más aún, construido mansiones y edificado “dinastías” a nombre de la democracia.

A través de su vida mi madre rechazó a toda esta plebe como en 1959 había repudiado a los barbudos asesinos.

Por los años 90 le leí a mamá un relato de Reinaldo Arenas en las que narra su persecución por una mujer (?) por las calles de La Habana, La redacción de este relato sombrean de manera aplastante los cuentos del oportunista García Márquez, el desgraciado de Cabrera Infante y el escritor-robot Carlos Fuentes.

A Reinaldo Arenas lo conocí brevemente en 1986 en Union City.

Un año después un escritor nacido en Cuba, al que gustaba de hacerse fotos con Arenas para promoverse me pidió que lo llevara a Upstate New York, donde Arenas descansaba en un apartamento donde convivía el pendejo de Heberto Padilla y su extraña mujer. Le contesté que no, que no iba a hacer ese viaje para tirarme unas fotos con Padilla y Reinaldo Arenas. No me presté para esta maniobra del que, en aquellos tiempos consideraba un amigo. Especialmente por Padilla, el detractor y su extraña mujer sentía un asco incomparable. De disidentes habían pasado a delatores y una vez en Los Estados Unidos en mendigos con el pretexto de continuar publicando su revista literaria, donde sus los amigos que compartían sus mismas infamias publicaban sus poemas y artículos. Después de la grave enfermedad que ultimó a Padilla, su ex-mujer, enloquecida entre otros temas por la vida de Elvis Presley, continúa mendigando dinero de los exiliados para su literariamente corrupto panfleto. Conocí a Heberto Padilla en 1986 y lo reencontré en 1987, ya unido a la poeta Loudes Gil. La imagen de este encuentro no se borrará de mi memoria. Lourdes Gil, quien había sido una monumental cubana de exorbitante belleza me saludó en el lobby de North Hudson Community Action, en la calle 54 y Broadway. “Dígame Señora”, le contesté. “Soy Lourdes Gil”, me contestó. No podía creer que aquella hermosa mujer que había conocido en 1996, en aquellos tiempos casada con un juez y codiciada por todo joven poeta por su sofisticación y su deslumbrante belleza era la mujer semi-destruída y ojerosa que tenía delante de mi.

Se había refugiado en los blandos brazos de Hebeto Padilla, a quien conocí en la Feria del Libro de Manhattan en 1996 a las diez de la mañana y cuyo aliento a alcohól no olvidaré.

Once años más tarde Gil y Padilla eran pareja. Pareja dispareja. Quizá ella se enamoró de él por su mala fama y su cultura. Quizá el juez era homosexual y mantenía a Gil como un trofeo. ¿Quién tendrá la respuesta? Sólo ellos cuando se aventuren a escribir sus memorias con sinceridad.

Volviendo a este “amigo”, Felix Rizo, que desesperadamente necesitaba un “ride” a Upstate New York y que se jugaba su “palabra” ante Reinaldo Arenas imploraba que lo llevara a verlo, prometiéndome fotos e intercambio de literatura con el escritor cubano, del que había celosamente sus encuentros. Se había reunido con Arenas muchas veces y no me había invitado. Se había comprometido con el escritor que se reuniría con éste y no tenía a nadie quien lo llevara. Acudió a mis ambiciones literarias pero los principios prevalecieron.
Mi esposa Idania se portó como una hermana con Rizo. Le cocinaba con singular amor a Rizo, Correa y a los amigos que frecuentaban mi pequeño apartamento en la calle 26, de Nort Bergen.

De estos encuentros conservo videos de las tertulias literarias que celebramos en ese pequeño piso. Los videos revelan la alegría y la cordialidad que existía entre poetas y escritores que compartían el exilio a primcipio de los años 90.

Eramos la minoría del exilio; La gran parte del “exilio combativo” se concentraba en otras cosas.

Así es gran parte de este exilio que reverencia una estatua de cristal o un viaje en Las Vegas, aunque sea en casa de un criminal, pero se pronuncia en contra de los principios que una buena parte de sus padres le inculcaron. Parte porque muchos de estos padres les enseñaron que “se joda otro, no tú” y la inmensa minoría les inculcó amor a madre patria, pues la mayor parte de esta generación nació en Los Estados Unidos. Y así se criaron en este país, sin ideal y sin conciencia patriótica. Los que la conservan tienen todo mi respeto.

Algunos de estos jóvenes fueron mis compañeros de High School en la legendaria Emerson High School de Union City.

En 1990 habíamos convencido a Reinaldo Arenas a que diera una conferencia en Hijos de Fomento. Cobrábamos la entrada a diez dólares. El objetivo fue recaudar fondos para la revista Leiram, fundada por Damián Tellería, revista literaria que estaba diametralmente opuesta al comunismo.

Traer a Arenas a Union City, un escritor cuales obras habían sido traducidas a los siete idiomas y otra cantidad de dialéctos era un triunfo. Arenas había sido perseguido, encarcelado y proclamado no-persona por la tiranía de Castro. El había mantenido sus principios democráticos hasta resistirse a hacerle el juego a la internacional socialista hasta sus últimas consecuencias. Había ayudado más a la promoción de la democracia en Cuba con su literatura que cualquier otro guerrillero con balas y heroísmo.

Sus libros son una condena irrefutable de la maldad del comunismo.

Damián Tellería, uno de los jóvenes mas brillantes de mi generación que terminó pegándose un balazo en la aridez intelectual de Miami, la Dra. Onilda Jiménez y yo esperábamos una multitud para escuchar a este genio de las letras cubanas dictar su conferencia.

Asistieron una quince personas.

Allí conocí a Arenas que se mecía con unos libros en la mano de un lado a otro con asombroso feminismo.

A las dos semanas Hijos de Fomento fue anfitrión de Celia Cruz, “La Güarachera de Cuba”. Los tickets se revendieron hasta a mil quinientos dólares. El lugar se abarrotó para ver cantar a aquella mujer que, en un programa de Sábado Gigante conducido por ese ser voluminosamente llamado Don Francisco, se había visto obligada a admitir que enviaba cientos de dólares a su hermana en Cuba. Celia, cuyo mayor mercado se encontraba en Miami, lo negó en Univisión. Negó haber enviado un centavo a Cuba hasta que el cínico y chocante de Don Francisco, un chileno que se ha mofado de todo el mundo siempre y cuando le entren dólares a sus inflados bolsillos, le puso a la hermana en el teléfono agradeciéndole el dinero que le había enviado hacía sólo un mes.

Recuerdo estar en casa de mamá cuando el programa salió al aire y darme vergüenza del comportamiento de Celia. No porque le había enviado dinero a su hermana, si hubiese ido a Cuba no me hubiese avergonzado. Mis padres fueron unos de los primeros en regresar a la isla. La mentira, de la que ha vivido en mayor o menor grado el cubano, dentro y fuera de la isla, era lo que me hacía sentir asco de esta cantante de salsa.

Años más tarde esa hermana libró una lucha victoriosa por llevarse una buena parte de la fortuna que había acumulado la artista cubana cantando por el mundo.

Celia Cruz, que poseía un talento singular-mucho menor que de La Lupe-logró abarrotar un local en el corazón de Union City antes que un escritor que había sufrido la prisión, tortura, persecución castrista y sobre todo esto había sido autor de una de las mejores literaturas de la Cuba de los 70 y 80, reconocida internacionalmente.

“Así es el cubano”, me dijo mi madre cuando le conté aquel episodio.

He leído casi toda la obra de Reinaldo Arenas, la cual enseño en mis clases de literatura pero lo que más admiro de este hombre es su indestructible certeza democrática hasta su último día. No cedió ante el acoso y el terrorismo de los estalinistas cubanos. Cuando se suicidó en Nueva York en 1990 dejó una carta en la que en cristalinos términos condenaba a Fidel Castro de su trágica muerte. Su autobiografía, “Antes que anochezca”, entre el delirio y la realidad, es un manifiesto que condena al comunismo como pocos se han escrito.

Le encantaba a mamá que le hablara de todo lo que estaba aprendiendo. Estuvo presente en las presentaciones de mis dos libros, en algunas de las conferencias y honores que recibí durante los años más activos de mi actividad intelectual.

Mamá estará presente en el lugar más tierno de mi corazón hasta mi último respiro en este mundo, donde somos pasajeros sin ningún control del día de nuestra partida.

Mi padre también escuchaba mis peroratas con mucha atención.

Por los ochenta mis padres se involucraron en el movimiento carismático de la iglesia católica. Asistían religiosamente a las sesiones de paz que ofrecía el padre Agustín todos los martes en la iglesia West Newyorkina de Saint Joseph’s de Palisades. Donde nos habíamos casado Idania y yo, en una ceremonia muy modesta pero muy sentida, muy auténtica, ante los ojos de Dios e intuyo que muy criticada por algunos de los cubanos que estuvieron presentes: no era una suntuosa fiesta donde la novia caía en paracaídas del techo y el novio, remando en una piscina lumínica venía a recatarla en una taza de caviar.

Mamá y tía Nora estuvieron muy activas en la iglesia de San Rocco de Union City, donde mami y tía recogían el diezmo y eran parte de aquella familia cristiana cuya mayor parte se nos fue con el tiempo.

Por años, los domingos mamá trabajó de voluntaria en el flea market de la parroquia. Fue con los fieles de San Rocco con los que más socializó. jamás fue de muchos amigos y mucho menos de compartir chismes ni futilidades con nadie.

El Día de Resurrección del 2013 regresé a San Rocco, Las imágenes de mi familia me poblaron el alma. Durante toda la misa sentí la presencia de mamá. Viví la misa pero también me inundó un arrasante vacío, una estremecedora tristeza que egoístamente creo que llevaré conmigo siempre. Pensaba en mi familia toda reunida bajo el Amor de Cristo en los años que estuvimos presente en misa.

Mi hija se había bautizado allí. Allí nos reuníamos para adorar a Cristo. Bajo su mirada fuimos familia, una familia que llevo el orgullo de escribir que jamás se ha disgustado por ninguna razón. Una familia que, aunque separada desde que mi madrina y mi tía decidieron mudarse a Miami, cada vez que nos encontramos es como si jamás nos hubiésemos separado.

Esto ha sido especialmente reafirmado en nuestros tiempos difíciles. Esto fue subrayado hace tres meses, cuando todos, unidos, rodeamos a mami rezando hasta sus últimos instantes.

Asistiamos todos los domingos a la misa de San Rocco durante los años 80. Fue un tiempo feliz para mi madre, cuya mayor satisfacción fue siempre estar rodeada de los suyos.

Mi hija Frances también recibió una sólida educación de mamá, una educación más valiosa que la que se adquiere en los centros académicos. Una educación más importante que la que recibió en Harvard. Mamá la enseñó a amar a Dios, a respetar a sus semejantes y sobre todo así misma, a no decir mentiras, a hacerse una mujer de bien.

Frances jamás ha dejado de ayunar durante la cuaresma, cualidad que le enseño su abuela. Se ha prohibido a ella misma comer carne durante este período cristiano hasta el Domingo de Resurrección.

Y esas fueron las enseñanzas que son hoy parte de su carácter, cualidades que su abuela Francisca inculcó en ella para siempre.

A mi madre la amaban o la despreciaban. Los que no la amaron eran hijos del otro y alguno que otro comunista -que siempre es hijo del otro- porque mi madre estaba tan cerca de Cristo que era imposible para un ser humano de buena voluntad no reconocer el reflejo de Su Luz y Su Amor en ella.

Ni pasó por la mente de mi madre, en su pasiva existencia del principio de los años cuarenta, todo lo que tendría que sufrir en Cuba y el largo camino que la llevaría treinta años más tarde a vivir en España y en Los Estados Unidos, país que desde que recuerdo, mi padre mostró su respeto por su auduaz espíritu industrial, por su disciplina a la que papá era asiduo hasta el horario de encontrarse con alguien. Especialmente puntual como un inglés.

En la Cárdenas, antes de la pesadilla, el Liceo era el lugar donde la juventud de los años treinta, cuarenta y cinquenta se reunía los fines de semana.

Cárdenas, al norte de Cuba, a escasas 109 millas del Este de La Habana y a unos veinte minutos de Varadero, en aquellos autobuses Leyland que compró la dictadura a los ingleses al principio de los 60, substituídos por tarecos de la Europa de Este, que lo único que fabricó fue hierros bélicos obsoletos, como fue demostrado en La Guerra del Golfo, y autobuses y automóviles de mantequilla; papita frita.

Esta realidad es tan palpable que los carros que continúan funcionando en la Cuba de hoy son los norteamericanos llevados a Cuba por última vez en 1958, gracias a la increíble imaginación del cubano. Los famosos coches rusos Lada, símbolos de los esbirros cubanos, se vieron forzados a sobrevivir hasta el 2012 antes que ser supervisados por un ramillete de gerentes de exitosas marcas de la Europa libre, ingenieros como Steve Martin de la Volvo y la Mercedes Benz. Una vez más los comunistas fracasaron en construir una maquinaria provechosa. Todo lo que intentaron edificar durante los 74 años en que esclavizaron y asesinaron a millones de inocentes en Rusia fue un fracaso hasta 1989, cuando se liberaron los países de Europa del Este.

Hoy Rusia goza de una iniciativa industrial mucho más productiva y eficaz que en toda su negra historia bajo el yugo del sectarismo marxista.

Amantes de la destrucción y la violencia solamente instrumentaron un arma que es de indiscutible calidad, y posee el inconfundible y letal sonido cuando se dispara efectivamente bajo las más duras condiciones climáticas: el Kalashnikov.

Antes de la dictadura de la familia Castro Cárdenas creció y se hizo una ciudad próspera, radiante de armonía y de colores. La Bahía de Cárdenas, Playa Larga y Varadero mantenían a sus ciudadanos enlazados con el mar. El mar es elemento esencia en la existencia y la vía de escape del cubano. El mar ha sido fuga o enlace de una isla satanizada por “la dictadura del proletariado”.

Nací muy cerca de las aguas del norte del Caribe y hasta hoy existe en mi una necesidad natural en mi de ver el mar, de sentir el salitre en mis pulmones. Por una gran parte de mi vida y la de mi familia hemos sido pescadores. Mi padre me llevaba a Paya Larga donde pescábamos sardinas desde las piedras con pita a mano. Una de estas sardinas la ensarté por el ojo, algo que me ha sucedido en Barnegat Light desde 1994 con frecuencia con los “snappers” (Delicious baby Blue Fish), que atacan la carnada con peculiar ferocidad, semejantes a la piraña suramericana.

Mi esposa también nació en Cárdenas, nuestro encuentro en este país sólo se lo puedo atribuir a Dios, y desde los seis años llevamos a nuestra hija a pescar en el norte del Atlántico, lejos de aquel inolvidable mar caribeño pero en un océano libre, porque los comunistas nacidos en Cuba hasta el mar esclavizan y como mi padre me repitió muchas veces: “Esta gente no controlan el aire que respiramos porque no han encontrado la formula para hacerlo.”

La Ciudad Bandera estaba vestida de casas coloniales, con elegantes puertas españolas y el más importante museo de Cuba: El Museo de Cárdenas. Una institución testimonial de la historia colonial de la región. Su provincia, Matanzas no era más ni menos que una referencia a la Matanzas de Caónao, donde los españoles fueron extinguiendo a los nativos de manera extremadamente cruel y sistemática desde el final del siglo XV al XVII.

Los españoles habían fundado, como en toda Latinoámerica, una ciudad para siglos con el sudor y la sangre de aquellos indios pacíficos e ingenuos. Los quemaban vivos poniéndole una cruz ante el rostro, los golpeaban salvajemente hasta hacerlos agonizar y morir, preguntándoles a dónde estaba el oro.

En “La Edad de Oro”, la inmortal revista publicada por José Martí en Nueva York, el apóstol describió el genocidio español en América detallando que los indios “caían como hojas”. Y es que los primeros españoles que arribaron en América eran guerreros curtidos en la violencia europea, soldados a los que la fortuna les tocó pelear con una sociedad mucho menos capaz de defenderse que los moros que habían expulsado de España al filo de la espada a través de finales del siglo XV.

La españolísima aldaba de mi casa en la calle Calzada entre Pinney y Progreso, al costado de un viejo hospital español, tenía el rostro de un elaborado león en el mango, así las exhibían la mayoría de las casas en mi pueblo que había sido fundado por los españoles y los criollos en 1828.

El museo de Cárdenas, al que mi padre me llevó muchos domingos, tenía verdaderas joyas arqueológicas: una multitud de atildados sables y espadas, arcabuces y rifles españoles, primorosas monedas de oro romanas, machetes y pistolas utilizadas por los mambises y los españoles en las guerras de independencia. Había una chiba con tres patas y otras anormalidades que despertaban la curiosidad del visitante. Aves disecadas, coches fúnebres de barroca e impresionante construcción, los cuales impresionaban fuertemente tanto a los niños como a los adultos. Monumentales coches de bomberos de principios del siglos XIX, cuando se fundó la ciudad. Importantes documentos de las guerras de independencia y de la fundación de la ciudad. Medallas, pergaminos, algunas pinturas de principio de siglo y allí estaban los carros marcados por decenas de tiros del ataque al cuartel Goicuría y el automóvil que llevó a Radio Reloj a José Antonio Echeverría, cuando el 13 de Marzo de 1957 este líder estudiantil cardenense lidereó la acción más auténtica y heroica de la revolución cubana, trataba de impedir que los comunistas se apoderaran de Cuba. Castro calificó a estos mártires de “puchistas” un día después que sacrificaron sus jóvenes vidas por la libertad de Cuba. Más tarde se le antojó “reabilitar” su imagen a conveniencia propia-como lo ha echo con tantas de sus víctimas, entre las más notables está Frank País, Camilo Cienfuegos, El argentino indigente, vago y homicida y José Antonio Echevarría. Este ha sido un patrón a seguir desde el principio por el criminal bolcheviquismo soviético que encarnó su veneno en la isla de Cuba.

En el museo de mi ciudad natal se podía apreciar, acribillado a balazos, aquel carro que había llevado a Echevarría a su trágica muerte.

“Manzanita”, como le llamaban sus amigos fue un joven lleno de energía nacional-democrática. Nacido en Cárdenas había llegado a ser presidente de los estudiantes de la Universidad de La Habana. A pesar de su juventud era extremadamente articulado y popular entre los estudiantes universitarios. Mi amigo, Israel me narró testimonios directos de su carácter, de su autenticidad y de su valentía.

José Antonio, católico y democrático, era, como Frank País, una verdadera amenaza a Fidel Castro y al reptil corrupto y de su mal nacido hermano.

Entre los dos eliminaron a cualquier enemigo en potencia que les presentara resistencia, desde Huber Matos, Camilo Cienguegos, el “Che” Guevara hasta el también corrupto y abusador general Arnaldo Ochoa.

El juicio del general Ochoa fue totalmente estalinista, donde el acusado a muerte no sólo confirma su culpabilidad sino que lisonjea de manera humillante a sus verdugos. Sólo cuando Ochoa se percató de que sería fusilado llegó a mostrar retazos de dignidad. Era muy tarde. Los demás enjuiciados en aquel caso se desgarraron las vestiduras para proclamar su lealtad a Fidel y a la revolución cubana. Fue un espectáculo triste. Un episodio mustio aún dentro de la trayectoria castrista en Cuba.

Recuerdo que en segundo piso del museo había una leona disecada que se escapó de un circo y la tuvo que matar un policía para proteger a la población y un elefante que también se había escapado de otro circo a principios de siglo y encontró un destino similar.

Había una considerable cantidad de cabezas cortadas de indios, reducidas y extraordinariamente conservadas en recipientes de cristal en algún líquido que no alcanzo a describir pero que las conservaba de excepcional forma. Se exhibían látigos de siete cabezas de piel, de los cuales colgaban siete plomos y otros instrumentos de tortura utilizados por los conquistadores españoles en la isla para diezmar, y finalmente aniquilar a la población indígena cubana.

Desde muy niño, enamorado de la historia, le pedía a mi padre que me llevara al museo. Y lo hizo muchas veces. Siempre que fui estaba vacío porque el alma de la mayoría de los cardenenses, ni antes ni durante ni después del desastre, fijaba sus inquietudes su herencia ni en su historia.

Fue la mayoría la que abrazó con vehemencia el castrismo en enero de 1959 y a través de las primeras dos décadas de la dictadura. Quizá por eso es que hoy sufren, después de 54 años la opresión comunista. Quizá es por esto que en nuestros días el símbolo de Cárdenas sea un cangrejo, el cual es notorio por caminar hacia atrás y el más famoso de sus ciudadanos sea el “Niño Elián”, heredero de las “Virtudes de El Ché”. Ora víctima-colaboradora de la ignominia que ha dilapidado el espíritu y el orgullo nacional.

Cuando regresaba del museo le contaba a mi madre todo lo que había visto con pormenores. Me maravillaba aquella esquina de la memoria cubana que tanto valor albergaba. Los comunistas se percataron de este valor y, como hacen con todo, destrozaron el museo. Se llevaron el oro y todo lo que tenía de valor. En la entrada se podía apreciar un estatua de Isabel II, que había sido un obsequio de España en la inauguración de la galería. Los comunistas trajeron una bulldozer y la hicieron añicos. Recuerdo la estatua destruída a la entrada del museo. De niño no podía comprender porque habían desmantelado el museo y desbaratado la estatua. Esto lo vine a comprender con los años. Si asesinaron a 100 millones de seres humanos en el siglo XX qué significaba para ellos un museo.

De museo pasó a ser ayuntamiento de la ciudad: otra burla burocrática de la internacional socialista, pues en el comunismo todo el poder está centralizado. Las alcaldías, las gobernaciones y todo lo que mal se llame gobierno local es un ente sumiso al partido, que es “el máximo líder”.

En los años 90 un amigo de mi padre visitó Cárdenas y le trajo un video cassette de la ciudad en el que incluía el museo, que lo habían “rehabilitado”. Cuando lo vi en la grabación casi no podía creer que era el mismo lugar. Todo objeto de valor había sido saqueado. De las salas repletas de armas sólo quedaban un par de espadas y machetes. Exhibía como especial atracción un par de moscas que “vistió” alguien por sabe Dios qué razón y las cuales era necesario ver con una lupa.

Habían destrozado el museo de Cárdenas como han despedazado todo lo que han encontrado a su paso, como hacen hoy con Venezuela.

Pero en los años cuarenta Cárdenas bailaba, despreocupada e ingenua de lo que le vendría encima.

Fue en uno de aquellos bailes en el Liceo de Cárdenas que mi padre, José Ramón Martel, la vio por primera vez. La preciosa joven lo impactó de tal manera que le imploró al hermano menor de mi madre, Mayito, que se la presentará. Mario o Mayito, como todos cariñosamente lo llamamos, y mi padre eran amigos.

Desde el momento en que la vio-como me contó muchas veces-tal parece que fue amor a primera vista, uno esos flechazos letales que la mujeres suelen dar sin mover ni un dedo. Y como él repetía hasta sus últimos días “Cuando ví a Panchita yo sabía, ya yo no tuve ojos para ninguna otra mujer.”

Se enamoraron y tras seis años de noviazgo unieron sus vidas para siempre.

Estuvieron casados 60 años y están enterrados juntos.

De esa unión nací yo que los requiero y los honro hasta este día y así lo haré Siempre.

Ninguno de los dos eran fáciles, con los años vinieron las majaderías que nos atacan sin piedad a todos los seres humanos. No obstante se quisieron mucho, se complementaban.

No puedo decir ni una sola vez que vi a mi padre lanzarle el menor insulto a la mujer que adoró en vida. Esta manera de ser con ella y con los demás le ganó un enorme respeto de su cuñada Nora, quien siempre mencionaba lo leal que era mi viejo y hasta lo defendía si mami se ponía con una de sus majaderías. La única que me salta a la mente es que lo regañaba cuando eran invitados a comer en casa ajena. “Martel, no comas más que te lo vas a comer todo”, le repetía. Nosotros nos reíamos muchísimo con aquello y lo molestábamos, especialmente yo que le susurraba a mami “mira vieja, el viejo se está comiendo toda la comida de todo el mundo” para incitar sus injustas pero graciosas reprimendas.

Mi padre había levantado un taller de bicicletas con sus brazos a escasos 19 años de edad. Comenzó a trabajar a los ocho años. La lucha por sobrevivir y la calle lo curtieron, lo hicieron un hombre a la edad cuando los niños juegan despreocupadamente bajo la protección de sus padres con sus juguetes.

Los dos tenían una educación académica de tercer grado pero tenían un doctorado en dignidad, en decencia humana.

Se vestía mucho de blanco en aquellos años, trajes de gabardina blanca con lazos, vestidos de seda, exquisitos sombreros y zapatos de dos colores a precios que hasta las más modestas clases medias podían adquirir.

La Cuba que diseñaron los comunistas a su conveniencia fue parte de una gran mentira. No era un paraíso pero tampoco fue el infierno con 20,000 muertos que inventaron los bolcheviques cubanos para destruir a todo un pueblo.

Llegué a admirar la colección de lazos que tenía mi padre. Los guardaba en decenas de diferentes colores y diseños en una caja de madera especialmente hecha para éstos.

El 19 de mayo del 2013, a los cincuenta cuatro años de edad, me puse mi primer lazo en la graduación del Doctorado en Leyes de su nieta, FFrances Martel. Lo llevé orgullosamente a nombre de mi padre y de mamá. Caminé las calles de Manhattan con mi esposa, mi hija y mi lazo y le di gracias a ellos y a Dios por proporcionarme la oportunidad de que mi hija naciera en el país más libre y democrático del universo.

En 1969 los comunistas le quitaron hasta sus lazos en el inventario que hicieron en mi casa cuando los viejos declararon que se iban de Cuba.

Los comunistas eran también nuestros vecinos, que por años envidiaban el taller al que le dedicó su vida mi viejo, quien trabajaba hasta los domingos mientras ellos vagabundeaban cobardemente el credo de la nomenclatura: el odio que hasta hoy reina en mi ciudad natal, en mi país como un castigo, como un azote prendido a toda la voluntad de un pueblo que un primero de Enero de 1959 le volteó la espalda a Dios.

Llegando la desgracia nací yo.

Mi madre fue el balance entre el odio que se regaba por la inmensa mayor parte de las casas cubanas y sus brazos, siempre protegiéndome y sobre todo enseñándome modales, respeto, y siempre aplacando mi espíritu rebelde ante aquella chusma, porque desde que tengo uso de razón he sentido un asco, un intenso desprecio por el culto comunista y sus seguidores, que dejaron cien millones de víctimas en el siglo XX.

En 1989 cuando se derrumbó el comunismo en su propia cuna sentí que la verdad siempre estuvo de mi lado.

Es una verdad que amargamente no ha llegado a Suramérica, estancada por el falso idealismo, plagada de clasismo, envidia e inquina bajo la máscara criminal del socialismo, en nuestros días desatado en Venezuela, donde la mentira y la violencia son la orden del día y donde media población se ha contagiado de este virus mortal, de esta plaga inmunda.

La otra mitad de los venezolanos lucha sola contra todas las armas de la internacional socialista y sus gobiernos y organizaciones compinches.

Mi madre rechazó el comunismo desde sus principios en Cuba.

Nada sabía de política pero intuía aquella maldad de manera excepcional. Su espíritu la alertaba de que los barbudos que bajaron con rosarios colgados del cuello de la sierra traían la vileza en sus entrañas.

El crimen, la mentira, el abuso, el asesinato y la violencia siempre fueron ajenos a su naturaleza.

Cada vez que modero mis furias, cada vez que entiendo que he ofrecido un gesto positivo ante una actitud negativa, las enseñanzas de mi madre operan en mi. Porque su limpieza de alma me llegó hasta a incomprenderla en ocasiones y es que no llegábamos a ella. Toma comprensión entender de lleno a una persona de tan generoso corazón. Tenía un don único para perdonar, para reconciliar, para dar lo mejor de si.

Era una mujer de paz.

Era una Hija de Dios.

La única persona a quien jamás soportó fue a Fidel Castro. El hijo favorito del otro. Mami no lo perdonó ni en su honda misericordia, en la que profundizaba por horas con su rosario, rezando por los enfermos, por los que sufrían, por los desesperados.

Jamás, sin embargo, rezó por Fidel Castro. Y es que entendía que Cristo nos enseñó a orar hasta por nuestros enemigos, pero jamás por el demonio.

Fueron los años cuarenta muy felices para mi madre. Había conformado un matrimonio con un hombre trabajador y bueno. Tenía su extensa familia con la que se reunía los fines de semana alrededor de su madre. Sus hermanas eran también centro de su vida, sobre todo Nora e Irma.

Recién casada viajó por la isla con su esposo. Heredé docenas de fotografías de aquellos años. Su felicidad, espejo de su inolvidable sonrisa, traspasa las viejas fotos que se mantienen en excepcional condición.

Dedicó su vida de casada a ser ama de casa.

Su espíritu emprendedor la hizo pedir a mi padre que le comprara una máquina de forrar botones.

Mientras papá trabajaba en su taller de bicicletas que se encontraba en la entrada de nuestra casa, mamá forraba botones de diferentes colores y diseños para una clientela que llegó a acumular a base de su minucioso trabajo y buen gusto.

Jamás podré olvidar aquella máquina de forrar botones. Pesaba una tonelada. Requería una habilidad especial-que jamás entendí- para operarla. Mami forraba cientos de botones con el mismo amor que la caracterizó por 85 años. Cuidaba de forrar los botones de trajes y vestidos, más que con cuidado con afecto: de su máquina salían botones forrados de amor.

Los turbulentos años cincuenta estaban lejos de la apacible vida de mis padres, a los que la política le fue ajena hasta que le vino a destrozar su vida y la de toda su familia. “Si no nos ocupamos de la política, la política se ocupará de nosotros” escribió certeramente el alemán Charles Bismark.

Los cubanos nos concentramos en superarnos individualmente desde el inicio de la mal nacida república, no nos ocupamos de estudiar la política y la política representada por la familia Castro, se ocupó de destrozar nuestra identidad y nuestra nación en nombre de una ideología extraña, diabólica y foránea.

Mi madre rechazó el comunismo fidelista desde sus primeros disfraces. Identificó al castrismo como lo que llegó a ser: satanás en su máxima expresión.

Y no erró.

Mi tía Nora tuvo una revelación aquel primero de enero de 1959, cuando apenas tenía yo dos meses de nacido.

Nora no tenía inclinaciones políticas. Siempre fue y es una mujer de un carácter fuerte, siempre mujer, siempre emprendedora y protectora de su familia pero de una innata intuición. Así es que cuando Fulgencio Batista abandonó el poder para cederle la entrada triunfal a los facinerosos mi tía salió al patio de su casa y comenzó a gritar a toda voz “¡Ahora si se desgració Cuba! ¡Ya no habrá paz en este país! ¡Esto se desgració para siempre!”

Tuvieron que calmar a Nora sus vecinos. No habría tregua para lo que sería una verdadera revelación.

Desde entonces Cristo operaba en ella.

Un día después comenzaron los juicios estalinistas y los fusilamientos. El demonio mismo se desató en la isla. Satanás se encarnó en los nuevos líderes cubanos y el execrable argentino, contagiando al 99% de la población y la maldad, con el mayor grado de cinismo, se apoderó de Cuba hasta nuestros días.

El culto comunista beatificó a Fidel Castro en estampitas semejantes a las de Cristo. Llegué a ver una de estas estampas al final de los años 80 en Union City. Una compañera de trabajo la había traído de Cuba y mostraba a Fidel con un halo alrededor de la cabeza y palomas blancas en los hombros mientras en uno de su brazos alzaba una ametralladora. Por detrás se leía una oración directamente a Fidel. Era definitivamente una obra diabólica.

Algo similar sucede en el 2013 en Venezuela con la figura del difunto Chávez. Ya hay gente que le reza a este ícono de los pobres de alma.

Recuerdo la reacción adversa de mi madre hacia Hugo Chávez una de las primeras veces que salió en televisión en 1992, después que le dio un golpe de estado a Carlos Andrés Pérez. Cuando mamá escuchó que por su desmedida ambición de ser un zar latinoamericano a costa de la sangre de otros recurrió a la violencia, volvió el rostro y nos dijo: “Este hombre es otro Fidel Castro”.

No se equivocó.

Durante los primeros días de la pesadilla cubana mi madre se reunía con una familia en la calle Sáez de Cárdenas quienes tenían una farmacia en la ciudad. Los fusilamientos se esparcieron por todas las ciudades de Cuba. Cárdenas no fue excepción. Me relató mi madre muchas veces que se encontraba en la casa de aquella familia, a la cual solía visitar una vez a la semana, cuando uno de los familiares tiró en la mesa de sala un conjunto de fotografías de los fusilados en la ciudad. Ojos abiertos antes del momento final, ojos implorantes, ojos fijos después de los tiros, cráneos desgarrados después del tiro de gracia, cadáveres rodeados de una multitud que festejaba aquella masacre.

Hasta ese día mi madre visitó aquella casa. Su naturaleza la apartó de aquellos “amigos” que celebraban la muerte como si fuese un circo.

Mamá se levantó de su asiento y se fue.

Jamás le volvió a dirigir la palabra a aquella gente.

Dentro de su bondad siempre demostró una gran dignidad, especialmente en tiempos adversos.

Desde luego que aquellos “revolucionarios”, cuyo familiar dedicó los primeros meses en tirarle fotografías a los que fusilaban en el cuartel de Cárdenas, a unas escasas seis cuadras de mi casa, fueron también unos de los primeros que los comunistas le quitaron la farmacia, las propiedades que tenían en Cárdenas y finalmente todo, porque decidieron irse del país y cuando declarabas en los años 60 que te ibas te caía encima la plaga.

Te enviaban a una granja a trabajar como una bestia hasta que te llagara la salida. Entonces te hacían el famoso “inventario” donde escribían minuciosamente en un cuaderno todo lo que tenías en tu casa para quedarse ellos con todas tus pertenencias. Y si te faltaba algún objeto, aunque fuese un soldadito de plomo, cuando regresaban para hacer el “reinventario” no te dejaban salir de Cuba. Más aún, te calificaban de ladrón. Ladrón de tus posesiones que ahora le pertenecían a los “revolucionarios”, a los que habían venido a “salvar al pueblo” a nombre de la revolución proletaria, a nombre de la humanidad.

Y a nombre de “la humanidad” echaron a andar su máquina destructora y se entregaron a la misión de asesinar a miles de cubanos e hicieron que millones más sufrieran su rabia vengativa y codiciosa de sangre.

Una vez en el aeropuerto José Martí de La Habana te quitaban todo lo que llevabas en el bolsillo, relojes, anillos, cadenas de oro, fotografías, estampitas de Cristo, algún billete cubano que deseabas llevar como recuerdo y todo lo que le viniera en ganas al esbirro de turno de la aduana del “Primer Territorio Libre de América”.

Aquellos comunistas de los 60 y los 70 son los mismos que los que desde los años 90 le cobran a los cubanos que regresan a la isla 70 dólares por maleta, se roban todo lo que les gusta y encima cobran “sobre peso”, un eufemismo para justificar la corrupción de los oficiales de aduana de Cuba, verdaderos gansters, traficantes de la tristeza. Fieles marxistas.

A esto los comunistas le llaman “justicia social”.

A mamá todo este abuso le era aborrecible. Sólo soportó los abusos de aquella chusma por sostener la determinación de salvar a su hijo del fangal homicida castrista, donde muchos que abrazaron con enajenación el culto y se arrepintieron después no tuvieron el valor de señalarse como “contra revolucionarios” en aquellos años de la turbulencia.

Muchas voces de arrepentimiento escucharon mis padres cuando regresaron a Cuba ocho años más tarde. Eran, sin embargo, voces apagadas, voces invadidas por la paranoia general que va, científicamente, el comunismo sembrando en los pueblos. Voces remordidas en algún sitio ignoto de la conciencia, después amargamente reconocible, por haberse alzado alguna vez pidiendo “Paredón de fusilamiento” para personas que jamás conocieron.

En 1978 y 1979 era ya tarde de arrepentirse para muchos que habían abrazado la revolución en los años sesenta.

No sería hasta el éxodo del Mariel en 1980 que un sector del pueblo cubano desatara su frustración en la embajada del Perú y Fidel Castro los usara como válvula de escape, no sin antes ultrajarlos, humillarlos y enviar a la chusma comunista a golpearlos salvajemente, algunos fueron asesinados en plena calle por las golpizas de los castristas. Muchos de los verdugos de los “marielitos” se encuentran caminando las calles de Miami o conduciendo suntuosos automóviles. Aún otros que fueron martirizadores de sus compatriotas caminan tranquilamente por las calles de la capital del sol o por Union City, todavía proclamando su odio-y en muchos casos su admiración por “los logros de la revolución cubana”. La mayor parte del exilio combatiente ha muerto, se ha retirado al sur de la Florida mientras los que una vez juraron “patria o muerte” a los compañeros continúan impasibles su integración a la nación a la que le juraron guerra a muerte. Fieles a Fidel a Marx y comparsa han elegido “muerte” en los restaurantes de Miami y en los asientos de piel de sus lujosos automóviles.

Siento un inmenso orgullo de que mamá jamás fue parte de este desperdicio, ni mi padre ni yo tampoco. Ni fueron mis padres parte de la hipocresía, el clasismo y la comemierdería que ha caracterizado a gran parte de este exilio, repugnante tradición que han pasado a sus hijos y nietos.

Pero en los años 60 y 70, en pleno hervor revolucionario, sólo los que se atrevían a desafiar el castigo que les vino encima por el delito de desear escapar del comunismo, tienen la moral para denunciar a los que tanto daño le hicieron a ellos y al pueblo cubano.

Esto no quiere decir que no continuaron los comunistas, mal nacidos en Cuba, masacrando y manteniendo bajo la bota estalinista a la mayoría de los cubanos. Lo hacen hasta nuestros días. La diferencia es que lo hacen con la mayoría del pueblo cubano que se resigna a su destino o se resiste a admitir que cometieron un error garrafal, algo muy difícil de reconocer en gran parte de los seres humanos. Débiles en reconocer sus propias limitaciones tanto como sus derrotas.

Así las víctimas cubanas de recientes tiempos, quienes llevan la moderna estirpe de “inmigrantes económicos” acarrean el Síndrome de Estocolmo, en el cual la víctima llega a apreciar a sus secuestradores. Muchos expresan una notable gota de admiración y hasta cariño por el monstruo que arruinó las vidas de millones en su patria, a la que tampoco estiman en términos nacionalistas porque Fidel Castro ha difundido la cubanía para ponerla al servicio de la Internacional Socialista y esto ha parido una nación, con contables excepciones, de gente confundida, intensamente materialista, atea, coja de moral y lejos del prestigio que caracterizó a los criollos patriotas, Padres de La Patria, que dieron todo; sus fortunas y sus vidas por la dignidad de alcanzar la autonomía de su gente, de su pueblo.

Imagino, poéticamente, que los principios sostenidos por Céspedes, Agramonte, Maceo, Máximo Gómez y Martí hubiesen sobre pasado y sobre pesado la violencia que los comunistas desplegaron en la Sierra Maestra, porque si revisamos la historia hasta nuestro apóstol fue traicionado por un cubano y el más grande de nuestros guerreros, El Titán de Bronce, fue asesinado por cubanos manejados por dinero y motivos racistas.

Imagino que los que ciñeron el trapo rojo-negro en 1959, colores calcados del nazismo, al menos un 70 por ciento de los cubanos, se hayan arrependido como se arrepintieron todos los que apoyaron al comunismo europeo desde su nacimiento al borde de un tiro en la cabeza o de una soga en el cuello, desde donde cayeron o colgaron más de 100 millones, después de las más insufribles torturas sicológicas y físicas en las que se han hecho expertos los marxistas.

Otra de las tradiciones más populares de los comunistas es el robo. Al robo lo califican con un diverso vocabulario, del que son maestros en su “dialéctica materialista” En la Cuba castrista de los 60 le llamaron “inventarios”.

En los “inventarios” robaban todo. lo que tenía algún valor para ellos y lo que no tenía ningún valor pero alimentaba su maldad y desataba su odio sobre sus conciudadanos.

Los “inventarios” eran una forma de desplegar su inquina contra todo el que no manifestaba servidumbre al partido comunista.

A los “revolucionarios” de la calle Saenz les llegó su hora. Saltaron en carcajadas sobre la desgracia de otros hasta que les tocó a ellos su turno. Decidieron irse de Cuba y todos sus bienes materiales, sus opulentas casas, sus surtidas farmacias, cayeron en manos de los corruptos “socialistas”, cuyo circo del sistema judicial revolucionario y sus resultados habían aplaudido, se habían reído de las fotografías de las acribilladas víctimas y después criticaron a los que, como mi madre, les había dado la espalda ante su morbosidad.

Imagino que en el caso de la familia que mi madre amistó en la calle Saenz también le robaron aquellas monstruosas fotografías, sino es que el que las mostraba orgullosamente en los primeros días de la revolución las quemó, lleno de arrepentimiento y asco así mismo, aunque el arrepentimiento y la humildad no son propias de la mayor parte del cubano

Si alguna vez mamá llegó a tener una minima esperanza en los barbudos de la sierra, que lo dudo muchísimo, ésta se evaporó en los primeros días del triunfo de la revolución.

Mi madre toda su vida detestó la violencia. Y la violencia corre en las venas del comunismo.

En esos días fusilaron a varios miembros de la policía local de Cárdenas. Mi padre tenía un cliente en su taller de apellido Macías. Era un oficial del gobierno de Batista. Era un tipo de fuerte carácter, serio, grave, intensamente anti comunista.

En los primeros días de enero de 1959 los revolucionarios lo arrestaron. Brotándole espuma por sus repugnantes bocas comunistas lo enjuiciaron.

Sus jueces eran vagos, borrachos, zapateros, limpiabotas, ladrones y otros destacados criminales del pueblo. Lo acusaron de una multitud de crímenes ante la festiva gritería de la chusma cardenense, que emborrachada en la tirria que contagió a la mayor parte de la isla, pedía a gritos “¡Paredón, Paredón!”

Mi padre me contaba que a este sargento le arregló sus bicicletas en múltiples ocasiones. Jamás le dejó de pagar. Jamás le mostró un gesto de autoridad ni violencia. Papá nunca entabló amistad alguna con él pero se respetaban como hombres. Mi padre fue un hombre de familia pero cuando alguien lo amenazaba su personalidad apacible se tornaba en un temperamento extremadamente violento. Desde niño me enseñó que el diálogo y la paz entre los hombres prevenía mayores males pero cuando esto no funcionaba y la violencia era el único camino era imprescindible dejar la vida en la pelea. De esto fui testigo dos veces en mi niñez cuando mi padre decidió defenderse. Jamás podré olvidar su entrega a la pelea hasta las últimas consecuencias Gracias a Dios que sus contrincantes leyeron en sus ojos su resolución a echar todo en un instante por salvar su hombría y su honor, una vez por sacar a un ladrón de nuestra casa y otra en el taller donde un personaje se puso majadero.

Esto lo había adquirido en la calle, donde se tuvo que defender desde su niñez. Años después leí “La Conjuración de Catilina” de Salustio y se prendió en mi la frase “Locos son los que dejan las armas”.

Nunca me dijo si lo fue a ver personalmente cuando fusilaron a Macías pero de la manera personal que me narraba aquel crimen intuyo que estuvo presente cuando a Macías lo fueron a fusilar y llamó a su hijo, un adolescente envuelto en lágrimas. Le dio su cadena de oro y el Cristo que colgaba de ésta diciéndole “No te vayas. Quédate para que veas a un hombre morir”.

Los comunistas lo reventaron a balazos y después-a su característica manera-profanaron su cadáver, ante el feriado ambiente de los cubanos.

Fue de mi madre que heredé una buena parte de la contraparte del carácter de papá, pero de parte de mi padre tengo sangre de Félix Martel, el famoso pistolero de la familia, del que el mejor amigo de mi padre, Manuel Santos, me narró una y otra vez su violenta historia.

Y quizá por esa línea familiar es que he abrazado con furia mis batallas desde los trompones hasta la política en mis años de juventud.

Desde que mi madre se percató de la crueldad comunista decidió salvar a su hijo de la plaga. Y fue ella la que más influyó para que escapáramos del “paraíso socialista.”

Su hermana Nora ya estaba en tierras de libertad. Nora acertó en la revelación de que la situación de su país se hundiría en la más paupérrima miseria por décadas. Luchando como una leona junto a su esposo para sacar a su hija adelante, forjó un destino para su familia en New Jersey. Y fue ella y los suyos quienes más nos ayudaron a salir de la isla cárcel ante la intensa enajenación de aquellos primeros años del fidelato.

Una vez en España nos apoyaron económicamente hasta que arribamos a este país, aunque mi padre había transferido una considerable cantidad de dólares a Los Estados Unidos previendo su salida de Cuba. Una vez aquí mis padres le pagaron hasta el último centavo por la ayuda recibida.

Los tardíos años 60 fueron crueles para mi madre. Una vez que declaramos que nos íbamos de Cuba formamos parte los “gusanos”, término peyorativo que los comunistas abusan para identificar a los que no que no practican la genuflexión ante su implacable violencia.

Durante los 60 el mundo de mamá cambió violentamente. Dos golpes la marcaron para siempre. Uno fue la muerte de su hermana Fefa, a cuyos hijos, mis primos Nancy y Pitití le tenía un entrañable cariño.

Fefa se nos fue de una enfermedad del corazón, que corre genéticamente por mi familia maternal.

Era yo muy pequeño cuando su hermana falleció pero suficientemente crecido para recordar el inconsolable llanto de mi madre por mucho tiempo, tratándose de esconder en algún rincón de la casa para que yo no la viera sollozar.

Nancy y Pitití están en Cuba y en la faceta más aguda de su enfermedad mami preguntaba por ellos. Cuando sus hermanos y sus hermanas se fueron yendo, especialmente Irma, mami no dejó de recordarlos con el mismo amor cristiano que fue el sello de su hermosa vida.

Otro golpe fue la repentina muerte de Enrique Obregón, un amigo de la familia a quien los comunistas le causaron una temprana muerte a base de humillaciones y disgustos.

Obregón amistó a mi familia con su naturaleza noble y su rechazo al comunismo. Era un profesor de educación física. Estaba casado y de su matrimonio nació una hermosa hija.

Era un hombre de una imponente fortaleza física y un carácter fuerte pero abroquelado en un corazón grande y generoso. Recuerdo que visitaba a mis padres muchas veces. Mi padre compartía con él y su gran amigo, Manuel Santos, los programas de La Voz de Las Américas que estaban prohibidos en la Cuba de Castro, ya en una Cuba totalmente regida por un tirano.

Los comunistas nacidos en Cuba se ensañaron en este hombre. Era un hombre de buenos sentimientos: una violación imperdonable para los castristas. Lo apartaron de su trabajo como profesor de educación física. Lo enviaron al trabajo forzado. Lo insultaban, ultrajaban su dignidad. Murió de un ataque al corazón corto tiempo de que su mujer y su hija salieran de Cuba. La noche antes de morir, después del primer infarto estaba en la cama del hospital, hablando y riéndose con su familia y amigos que lo visitaban. Esa noche se fue. Siempre guardo la sospecha que a Enrique Obregón lo asesinaron esa noche los comunistas que tanto lo envidiaban y odiaban. Tal fue la amistad que le profesaron mis padres que cuando su hija y su esposa estaban dispuestas a partir de Cuba hacia Miami la última noche en la isla la pasaron en mi casa. Quizá por temor a que algo les ocurriera en ese último día en la isla mazmorra.

En mi memoria vive la amplia y sincera sonrisa de aquel hombre cuyo crimen, como el de tres millones de cubanos en aquellos tiempos fue decidirse a dejar la Cuba marxista.

Su esposa e hija arribaron a este país de libertad. Nadie, ni siquiera mi tía que los ayudó a su llegada, supieron más de ellas.

Esta es otra de de las tantas historias escritas por la maldad y la violencia de la familia Castro.

Mi madre lloró desgarradamente la muerte de Obregón por mucho tiempo. Mi padre, un hombre más duro y curtido por la vida comenzó a repetirme: “El comunismo es una mierda” desde entonces hasta el último de sus días.

En 1978 y 1979 mis padres y mis tíos regresaron a Cuba para ver a sus familiares. Los halaba su amor familiar, la necesidad de ver a sus madres y hermanos antes de que murieran.

En este viaje mi padre logró reunirse con mi abuela Josefina, quien moriría corto tiempo después en Cárdenas.

Cuando su madre falleció vi a mi padre llorar por primera vez.

Sollozaba pero no le salían lágrimas de sus ojos. Yo lo besaba y acariciaba tiernamente ante sus gestos para que saliera de su presencia. Así de duro era papá.

Había en aquel exilio de entonces una militancia radical, de la que yo en aquellos tiempos me resistía a entender y mucho menos a pasar a ser parte de su lucha, aunque latía en mi un intenso rencor hacia los comunistas. Cuando uno escapa de la pesadilla rechaza todo lo que tenga que ver con ésta. Aunque jamás olvidaré el inmenso daño que le hicieron a mi familia.

A mediados de los años 80 conocí a los ex-prisioneros políticos cubanos y di un giro de 90 grados. El libro “Contra toda esperanza” de Armando Valladares, que relata en detalle el tratamiento infrahumano que se les da a los presos políticos en Cuba fue un factor determinante en mi.

Se reafirmó en mi el compromiso de jamás regresar hasta que Cuba sea libre y democrática. Y esta posición la mantendré hasta que la democracia reine en Cuba. Aunque he sentido el deseo de ver una vez más a mi ciudad y caminar por las calles de mi niñez, estoy convencido de que jamás pisaré tierra cubana, sobre todo en nuestros días cuando “libertad” es una palabra que vive sólo en los más valientes de los cubanos, los que resisten la oligarquía castrista mientras que la mayoría se acomoda en la conveniencia, traficando con la miseria humana.

Y es que cuando la mayor parte de un pueblo ha perdido sus principios no vale la pena visitar la tierra que te vio nacer, ni siquiera por las más elementales necesidades nacionalistas.

Cuando visitaron a sus más cercanos familiares sé que lo hicieron a conciencia de que cedían ante el chantaje sentimental que Fidel Castro había planeado cuidadosamente. En uno de sus delirantes discursos había profetizado que los gusanos trabajarían para él. Hasta el día de hoy, medio siglo después regresan los cubanos a entregarle sus dólares a su verdugo, los más sinceros a nombre de sus familiares, la mayoría para restregarle en la cara a los desdichados que dejaron atrás todo lo que tienen y de lo que éstos carecen. Muchas veces hasta alquilando las joyas que llevan puestas como trofeos de su maldad y su ignorancia.

Este no fue el caso de mis padres y los miles que como ellos regresaron para abrazar a sus familiares y en vez de alardear de lo que tenían, compartieron todo lo que pudieron con sus familias en la gran prisión cubana.

En el verano de 1978 mi padre llevaba fosforeras y cuchillas de afeitar para regalarlas a amigos y familiares, estando consciente de la necesidad que sufría el pueblo cubano bajo el comunismo. Muchos fueron los que los fueron a saludar, unos por sinceridad otros para ver que se les pagaba y papi les regalaba una fosforera y un paquete de cuchillas Gillette para afeitarse.

Una noche, cuando todos se habían marchado a sus casas se apareció el comunista que le había negado el certificado de salud a mi madre. Mi padre lo recibió brevemente y antes de despedirse el comunista le dijo: “Martel ¿No tienes unas cuchillitas y una fosforera que me regales?” Papá le dio lo pedido y se despidió sin odios ni rencores.

Así son los comunistas. Arrastrados, ruines, bajos. El Partido es su único Dios. Contadas veces tienen convicciones destacables, como las del poeta Miguel Hernández, que ni siquiera sabía lo que era la esencia del comunismo, sin embargo dio su vida, su inmenso talento por una ideología cuyos líderes, como La Pasionaria y Santiago Carrillo huyeron como ratas a la antigua USSR para, de manera típica usarlo como estandarte sin importarle su sacrificio ni el de su familia, que quedó a merced de los vencedores de la Guerra Civil Española y, justificadamente, sedientos de justicia ante los crímenes que cometieron los comunistas en la década de los años 30, fueron implacables con los vencidos.

El único consuelo que me queda de aquel rastrojo comunista que causó que mi madre se enfermara del corazón en los trabajos esclavos a la que la condenó es que se está quemando en el infierno eternamente y que su hijo, un escandaloso homosexual comunista, reprimido y acomplejado irá a parar al mismo lugar donde agonizan sus padres.

Mi madre jamás tuvo una palabra de odio hacia este nauseabundo comunista.

Yo jamás llegaré a su alcance de perdón, a su increíble humildad.

En eso no salí a mami. Gentuza de esta calaña no merece ninguna consideración ni piedad.

Fueron aquellos años tiempos difíciles para mi madre.

Recuerdo esperarla o despedirla cuando venía o iba a los trabajos forzados. Se bajaba de un camión con sus ropas manchadas de tierra roja. En una ocasión me llevó.

Aquella mujer que dedicó su vida a su familia, cuyo trabajo fue forrar botones ahora recogía papas en el campo por el delito de querer irse del país.

A mi padre lo encerraron en una “granja”-léase campo de concentración- y estuvimos separados por dos años.

Aquella agonía y esfuerzo físico empeoró la frágil salud de mami, quien sufriría toda su vida de fiebre reumática.

El 30 de noviembre de 1970 abordamos el avión de Iberia camino a España.

Mis padres en una corrida de toros en la Plaza Monumental de Las Ventas, Madrid (circa 1972).

Vivimos en la calle Francisco Villaespesa # 1, entre Hermanos Machado y Hermanos Gómez en Madrid por tres años. Años fuertes para mi madre pues fue allí donde se desató la fiebre reumática que había contraído en Cuba gracias a los comunistas.

Tuvo que guardar reposo la mayor parte del tiempo que estuvo en la madre patria.

Jamás se quejó de su enfermedad. Detrás de su dulzura y su mansedumbre llevaba un carácter de acero, sobre todo en situaciones difíciles.

En los 70 no era fácil arribar a Los Estados Unidos desde España. Existía en Madrid una comunidad de cubanos, todos en lista de espera y todos desesperados por reunirse con sus familias en lo que llamábamos “el norte”.

Fue allí donde mami cumplió una promesa que había guardado celosamente. Yo había nacido con un soplo en el corazón y mamá le prometió a San Lázaro que si el soplo se me quitaba no saldría a la calle por un año y vestiría una saya de saco por ese tiempo. Mi soplo desapareció. Ningún médico lo detectaba y mi madre cumplió su promesa al pie de la letra.

Estuvo un año sin salir ni a la puerta del edificio y con su saya de saco todo el tiempo.

El 5 de mayo de 1973 el Comité de Rescate Internacional hizo posible que yo saliera de España y me reuniera con mis familiares en Los Estados Unidos. Una vez aquí reclamé a mis padres quienes arribaron al aeropuerto John F. Kennedy dos semanas más tarde.

https://i1.wp.com/i697.photobucket.com/albums/vv336/cangregig/MamillegaaUSAMayo1973copy1_zpse241e6ee.jpg

Mayo 15 de 1973, uno de los días más felices en la vida de mi madre, cuando arribó a Los Estados Uidos y se reunió con su hermana Nora, su sobrina Maritza y su cuñado Rafael Olivera.

Durante los próximos cuarenta años vivió con su esposo en Union City.

De su rostro emanaba la felicidad cuando cumplió uno de sus más anhelados deseos: reencontrarse con su hermana Nora.

Trabajó en este país hasta que la salud no se lo permitió.

Repartió amor hasta su ultimo día.

Juré desde muy joven que jamás me separaría de ella ni de mi padre. Cuando comencé mi vida con Idania una de las primeras cosas que le dije fue que no me separaría de mis padres, “a donde yo voy allí estarán ellos” , le dije. Y así fue. Vivimos a una cuadra de distancia y mi mujer llegó a ser una hija para ellos. La llegaron a apoyar y a proteger más que a mi. Una hija buena que hasta el último de sus días fue Idania quien la aseaba, le daba de comer, la cuidaba y la mimaba y lo más importante todo lo hizo con amor. Los últimos años de mis padres compartimos la casa que en familia compramos.

Aún cuando su mente ya no estaba clara todos los días preguntaba por su hermana y por Maritza. Hablaba diariamente con ellas.

Idania también le dio una nieta a la que quiso con delirio y quien le dio muchas alegrías.

Para mis padres Idania fue su hija y así la trataron, la respetaron y la amaron y mi esposa los envolvió en su cariño, en su amor, semejante al de mi madre.

Tenía adoración con mi madrina Maritza, con su hermana Nora. Fue El Amor personificado y entre el amor se fue con Dios hasta el último latido de su corazón. Todos juntos pusimos nuestras manos sobre ella rezando y en medio de nuestro inmenso dolor le dimos gracias a Dios por habérnosla prestado, por habernos otorgado el privilegio de ponerla en nuestras vidas.

Hoy, Día de las Madres, le doy gracias a Dios por haberme regalado una madre tan especial y aunque mi egoísmo de hijo me hace arrasarme los ojos de lágrimas, sonrío cuando la veo con su túnica verde-radiante entre los elegidos por Cristo.

Me llevo la tranquilidad de jamás haberle faltado al respeto, de jamás quitarle un centavo de su duro trabajo a ninguno de mis padres, de nunca aceptarle ni un centavo para ninguna de las frivolidades de las que han abusado los hijos de cubanos exiliados en este país a costa del duro trabajo de sus padres.

No importa cuanto me regañó; nunca levanté mi voz para contestarle y mucho menos ofenderla.

Me llevo su recuerdo, su imborrable sonrisa, su inconmesurable amor de madre. Me llevo sus alegrías y sus tristezas, su dolor y los días que la vi radiante de felicidad entre nosotros. Me llevo sus anhelos y celebro sus triunfos que se han multiplicado en la persona de su nieta.

Celebro su vida.

Comparto su amor a Cristo como el mejor homenaje a su persona.

Siempre estará presente hasta que toda esta familia, que sólo ha hecho el bien, se reúna definitivamente bajo el manto de Cristo donde nada ni nadie nos pueda separar.

Las últimas fotos que les tiramos a nuestros padres juntos en Julio 4, 2010 en el patio de nuestra casa donde compartimos todos juntos el Día de la Independencia de Los Estados Unidos. Vivieron para edificar y levantaron a base de duro trabajo, esfuerzo y dedicación una familia constructiva que los amó hasta su despedida hacia nuestro creador a quienes siempre profesaron su inquebrantable Fe delante de los hombres. Se fueron dejándonos sus enseñanzas para el resto de nuestras generaciones. Gracias viejos. Gracias Siempre.

Inveniatur manus Dei requiescant in vita, et probasti in paradiso, quam meruit.
Aut Christus Aut Nihil! Semper Christi!

~ by Rafael Martel on May 9, 2014.

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